"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 30 de mayo de 2010

Todas las almas (apunte para una novela)

"Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho."

JORGE LUIS BORGES, El otro





















CAPÍTULO PRIMERO





Mañana, muy temprano, cuando el alba que siempre te descubre despierto no haya comenzado siquiera a insinuarse en la línea imaginaria del horizonte, sobre los extensos campos rubios que alcanzas a ver sin emoción alguna desde la ventana de tu habitación, en la residencia donde hace ya tanto tiempo que nadie nos visita, te llevaré junto al mar. Supongo que, entre amigos de nuestro calibre y nuestra veteranía, está de más decir que no importan los kilómetros, la duración del trayecto ni el precio que yo tenga que pagar por concederte esta mínima aventura, ni tan siquiera esa enfermedad tuya que te enturbia la mirada como a fiebre y te obliga a replegarte en ti mismo como si ya te hubieras negado cualquier muestra de valor o te hubieses resignado a no mirar ya nunca más a los ojos hostiles del mundo. De hecho, tu enfermedad es lo que menos importa, aunque ya casi no te permita ni reconocerme; porque en mi viejo y maltrecho corazón martillea vigorosamente la sospecha de que, mañana, llegado el momento oportuno, cuando desde el ángulo propicio al final de una curva en la carretera alcances a ver por primera vez en tu vida el océano (un instante al principio, en la lejanía, de pronto como emergido de entre las estribaciones de algunos cerros), la línea turquesa y luminosa de la bahía emitiendo reflejos argénteos allí donde las aguas copulan con el cielo, se abolirá casi de un tajo ese sufrimiento tuyo que –no sé quién lo dijo, o acaso es que la vetusta memoria ya no me da para recordar dónde lo leí- nace de la indiferencia fruto de haber sufrido mucho.

Pero ni siquiera entonces albergarás la más leve conciencia que te induzca a imaginar las verdaderas dimensiones del océano, la exactitud de su extensión abrumadora, ni sabrás todavía su latido ni su respiración, esa especie de pulsión mística que tienen los mares y que, una vez conocida y, por lo tanto, amada, te perseguirá hasta la muerte y obrará en tu memoria como la impronta imborrable de ese primer amor ausente y remoto que siempre rememoran tus accesos de delirio (y por el cual, en secreto, yo me muero de celos) cuando por las circunstancias que limitan tu vida no se te conceda, en alguna época, el sencillo y denostado privilegio de acudir a la costa, a cualquier costa, puesto que dentro de muy poco, al igual que yo, llegarás a pensar que todos los mares son en realidad el mismo. El milagro culminará algún tiempo después, cuando el autocar por fin se detenga tras horas de viaje y seamos como arrojados temerariamente al mundo, dos ancianos que apenas se sostienen cargando con la cuarteada y anacrónica maleta que el conductor, tal vez, extraerá del maletero y nos tirará a los pies con desdén, malhumorado, la cara contraída en un gesto de impaciencia y ofuscación, después quizá de haber denunciado entre dientes nuestra enervante lentitud al bajar del vehículo y esa parvulez senil que nos denota y que para la mayoría de los jóvenes hace tan insoportable el trato con personas de edad tan avanzada como nosotros, que somos viejos como la hierba, viejos como ese mar que tú descubrirás por primera vez tras unas dunas salteadas de matorrales o una restinga elevada de grava y cantos rodados, una vez que el autocar haya arrancado de nuevo, dejándonos atrás entre nubes de polvo del camino, y debamos andar más de un kilómetro casi paralelos al marjal, rodeados de huertas y humedales, hasta llegar a la playa de mi vida.

No podré saber a ciencia cierta, hasta que vea tu reacción, qué gesto irrepetible se formará en tu rostro cuando ante tus ojos aparezca el mar. No me atrevo a elucubrar acerca de si el asombro o, por el contrario, la decepción –nunca la indiferencia, pese a que tu enfermedad ya sólo te permite una identidad propia si es mirando largo hacia el pasado- iluminará por fin o ensombrecerá ya del todo esa mirada tuya, siempre ejecutada de soslayo, que parece eludir al mundo y a los ojos de la gente. Quiero creer, con la fe renovada de quien nunca ha creído ni esperado nada de la vida y de repente el destino comienza a otorgarle todos los logros posibles, que esta aventura un tanto pueril que te ofrezco le servirá a tu alma de lenitivo, y por eso no me resulta difícil imaginarte sonriendo frente a la visión del mar –esa sonrisa tuya que, por rara y por escasa, es tan especial-, con todos tus sentidos revolucionados o conmovidos, la vista asida al piélago aparentemente inalcanzable y al vaivén de las olas, el oído arrullado por el estrépito de la marea que arrastrará guijarros pulidos en la orilla, el tacto agradecido de descubrir la textura de polvo de una arena tan fina, el sentido del gusto cuando te mojes los dedos con el agua salada y te los lleves a los labios, el olfato que registrará al fin ese olor grueso y único que, estoy convencida, ha de perpetuarse en tu memoria hasta el final de tus días…









Mi padre, que en gloria esté, sostenía que solamente hay una cosa más conciliadora para el alma que contemplar el mar, y es enseñárselo a otras personas –otras almas, decía él- que no lo habían visto nunca. “Eso sí que limpia el espíritu, y no las penitencias que el padre Mendieta les pone a tu madre y a la bruja de tu tía en el confesionario”, me decía socarrón, a media voz para que no pudieran oírlo en el resto de la casa, guiñándome un ojo y esgrimiendo esa sonrisa canalla suya que era muy amplia y un poco triste a la vez, sobre todo los últimos días, cuando ya lo habían amenazado y sabía que lo iban a matar. También solía decir –obviamente no era creyente, y eso, hasta que lo acabaron asesinando, le trajo no pocos problemas en la época de que te hablo, incluso con su mujer, mi madre, y con su propia hermana, mi tía María, ambas más beatas que una pila bautismal- que tan sólo había dos momentos concretos en que cabía la remota posibilidad de que él, algún día, pudiera llegar a creer en Dios: el primero era cuando miraba a los ojos de Wayne, su mastín español; el segundo, claro está, era cuando tenía la oportunidad de contemplar el océano. Eso era en la época en que aún no le había tocado aquella holgada fortuna heredada de la muerte de su tío Herminio, un tipo afable y bonachón, pintor desconocido aquí pero muy reconocido en el extranjero por eso de que nadie es profeta en su propia tierra, que había hecho fortuna con sus cuadros en Nueva York, aficionado también a los versos, maricón y de moral distraída (tal como aseguraban mi madre y mi tía con muy mala baba), al que yo sólo llegué a ver una única vez en toda mi vida y en el que la sonrisa parecía estar perpetuada en su rostro hinchado y colorado, según dicen –decían mi madre y mi tía, mientras tendían la ropa en el patio de atrás de la cochambrosa casa, casi una chabola, donde vivíamos entonces-, por ser más aficionado aún a todo tipo de caldos y bebidas espirituosas. El caso es que, siendo hombre sin hijos (y teniendo más constancia de la que daba a entender de los comentarios que de él circulaban por ahí), sentía un apego y un cariño especial por mi padre, que siempre le hablaba abiertamente, sin prejuicios de ninguna clase, y jamás chismorreaba sobre él ni incurría en sus preferencias sexuales, alegando además con el semblante muy serio –mi padre era muy bueno para que no se le notase en qué preciso momento estaba bromeando, y eso quizá fue lo que le costó la vida-, cuando Herminio ya había regresado a Norteamérica y yo no estaba delante, que de haber sabido antes que iba tener que compartir el resto de su vida con tres mujeres, dos de las cuales eran unas perfectas alcahuetas, él mismo se hubiese hecho mudar a la acera de enfrente de muy buen grado. (Entonces mi madre y mi tía le chistaban con el ceño fruncido, le conminaban a que bajase la voz, que podía oírlo alguien, y decían “José, María y Jesús” y se santiguaban ominosamente repetidas veces.) Tanto era así, que fue el único beneficiario de la herencia de Herminio; ninguno de los otros cuatro parientes que a éste le quedaban con vida en el mundo, incluyendo su sobrina María, mi tía, vieron un solo real.

Del alcance de la fortuna que heredó mi padre, sólo voy a decirte que le hubiera permitido dejar de trabajar hasta la misma tarde en que vinieron a matarlo. Pero aun así trabajó, vaya si trabajó. No en lo de otros, por supuesto, ya sin tener que callar para conservar un jornal y sin capataces ni patrones que lo anduvieran jodiendo, siendo él a partir de entonces su propio jefe; pero trabajó, trabajó como un mulo, primero arreglando las tierras que había comprado en las afueras del pueblo y luego levantando allí la misma casa que lo vio morir, un atardecer templado de mediados de septiembre, además de emprender descabelladas e infructuosas empresas que a mi madre lograban destrozarla de a poco los nervios y a mi tía la sumían en silencios graves, hondos, mohínos.

Fue en aquel tiempo cuando decidió montar Todas las Almas. Sin ningún tipo de duda, se trataba de la idea más loca de cuantas a mi padre pudieron pasársele por la cabeza; una empresa incongruente en cuanto a que no aportaría ningún beneficio a la cada vez más menguada herencia de Herminio, y que, de haber continuado durante un año más, hubiese acabado puliéndose lo que quedaba de la fortuna. “Un saco roto, un hijo tonto, eso es lo que ha montado tu marido, que cada día que pasa es más imbécil. A él le quedó la herencia del maricón de Herminio, pero cuando en mi familia se repartió la coherencia y el sentido común fue Luis el que se llevó la peor parte”, le decía mi tía a mi madre, a media voz, mirándola reprobatoriamente por encima de las agujas de hacer ganchillo, mientras mi padre dormitaba a unos metros de donde se encontraban ellas, roncando levemente bajo la frondosa sombra de las tres higueras que había en la cara sudeste de nuestra inmensa parcela, en la casa donde ahora vivíamos y que él había levantado con sus propias manos. Pero mi padre callaba, bajaba la mirada y callaba y no secundaba, como tantas otras veces, los reproches que escupía María, dichos con tanto énfasis que podían verse perdigones de saliva saliendo disparados de su boca; solamente se limitaba a eludir los ojos negros y duros de su cuñada y a contemplar silenciosa a mi padre bajo las higueras con una sonrisa taimada, esgrimida más con los ojos que con los labios, apenas dibujada en la cara para que mi tía no advirtiera en su rostro la certeza de saber, secretamente, con ese código sutil exento de palabras con que algunos amantes se comunican y estrechan día a día sus lazos, que su marido había creado esa empresa por ella, empresa que no era tal, sino más bien discreto homenaje hacia su persona, quizá la prueba más grande de amor que un hombre haya podido hacerle alguna vez a una mujer de la talla de mi madre, porque en sus fines no existía la menor intención de hacer fortuna ni el más mínimo rastro de ostentación ni vanidad, no adolecía de la opulencia y la inutilidad que pudiera haber supuesto regalarle una joya carísima y un ramo de flores.

Y ofrendas, flores para qué, si mi madre podía disponer de todas las que quisiera en la parcela donde se asentaba la casa que mi padre había construido ahíto de fatiga, de una fatiga vieja que no procedía del esfuerzo casi sobrehumano, físico, que suponía levantar solo, sin ningún tipo de ayuda, nuestra preciosa casa solariega, sino venida de antaño, de cuando trabajaba para otros y todo eran quejas y amenazas de despido, una fatiga antigua que de repente lo hacía caer en la cuenta, no sin asombro, de que ya no tendría que darle explicaciones a nadie, calibrando con cierto cansancio los pros y los contras de ser su propio jefe, recibiendo así todas las recompensas, todos los méritos, los logros, los beneficios, pero también toda la carga de responsabilidad y todas las culpas, todas las decisiones a tomar junto con su contrapartida de aciertos y desaciertos, todo el esfuerzo que no siempre sabían reconocerle su mujer y su hermana. Así que flores para qué, si además a mi madre le gustaba contemplarlas en su estado natural, recopilar para sí misma los diferentes tipos que había ido plantando por toda la propiedad, reservándole a cada especie un lugar preciso en aquella isla en medio de un océano amarillo de eras de trigo y cebada, un rincón exacto que por las características de su ubicación y su cuidado propiciara el mejor crecimiento y la mayor salud para la planta que allí colocaba con mimo, con manos curtidas y expertas, aunque tiernas, que ahuecaban la tierra oscura y húmeda e introducían la raíz de la especie elegida con tanta suavidad como si allí se estuviese depositando el cadáver de un pájaro precioso.

Todos los días, a una hora concreta de la mañana o el anochecer, mi madre se daba una merecida tregua, se distendía de la absorbente compañía de su cuñada y salía de la casa y paseaba por todo el largo y ancho de la parcela comprobando el estado de sus plantas, regando, cuando era preciso hacerlo, los lirios, las aloeveras, los rosales que había junto a la verja de la entrada, palpando con los dedos las brevas como puños que crecían en las tres higueras, acariciando las anchas hojas del nogal que había en la parte nordeste, contando con grata incredulidad el número exacto de almendros repartidos por todo el jardín, barriendo las agujas de los tres pinos piñoneros que se erguían hacia el cielo, algo inclinados hacia el tejado de la casa por el lado norte, lo mismo que gigantes cansados que rindieran pleitesía a los muros encalados de nuestro hogar. Entonces, finalizadas las tareas de mantenimiento del jardín, mi madre se detenía en medio de esa calma perfecta para escuchar el sonido de la brisa cantando en las copas de los dos álamos negros o bien se asomaba un rato al pozo, por el hueco que permitían los enjambres de madreselva, y se demoraba más de la cuenta en su propio reflejo devuelto por el agua del fondo, como atisbando en la mujer que a su vez se asomaba desde la profundidad y la umbría un residuo de la belleza que poseyó en otro tiempo, igual que hay mujeres que saben atisbar y ver en los posos del café. A mí me gustaba mirarla sin que ella se diera cuenta, a través de las rejas de la ventana de mi cuarto (¡mi propio cuarto! Cuántas veces me repetía al despertar por las mañanas, con una incredulidad que era una cosquilla de satisfacción en el estómago, que aquel era mi cuarto, mi propio cuarto, yo que siempre había tenido que compartir cama con mi tía María, con sus ronquidos y su leve olor a orines…), y comprobar que mi madre aún se concedía, a solas, un poco de presunción, un poco de la saludable vanidad que parecía esconder delante de su cuñada, aunque mi madre –sospechaba yo, niña muy avispada para algunas cosas- supiese de sobra que era mucho más guapa que María, y que si vestía con sobriedad idéntica a la de ella no era por recato ante el padre Mendieta ni por el gasto adicional que hubiese supuesto renovar el vestuario de su armario con los últimos diseños expuestos en los escaparates de las boutiques de Madrid, cuando mi padre nos llevaba a visitar la capital, sino por respeto a María, porque no se sintiese más fea de lo que ya era, que tuvo un solo pretendiente en toda su vida y salió despavorido cuando fue comprobando con el paso del tiempo el carácter de su futura esposa, a medida que la ansiedad del enamoramiento iba disolviéndose. [...]

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