"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 9 de mayo de 2010

Preámbulo a un libro de amor (de "El libro de Dalila") (Texto de Raúl Viso. Dibujo de Luis García.)






Dalila, pequeña mía, pájaro fascinado de todas las cosas y libre, sol de mis profundidades. Varadero de ternura, incorrupta sonrisa que disgrega el nihilismo adulto en que consisto y que acaso me vincula al propio descreimiento del mundo que conquistas paso a paso y que aún no te ha inoculado su desgana. Obra mía. Sí, sobre todo obra mía: yo, que carezco de talento, que en la torpeza perpetua que rige el ejercicio de mis manos cualquier sencillo oficio se hizo guerra, cualquier vana tarea transmutó a desastre, cualquier pan amasado por mí causó hambre... Dalila. Obra mía, hija mía.
Todo este principio y balbuceo nabokoviano para qué, para llegar a qué, para venir de dónde. (Desde ti hasta ti, siempre -y tiras porque te toca.) Para decirte, para decirme qué. Pero es que cada vez que abro un nuevo cuaderno se inaugura un mundo, mil mundos, un universo, un multiverso, y se instaura un nuevo plazo, una tregua intocada aún por la hegemonía despiadada de las palabras, que esclavizan a quienes no saben callarlas a tiempo y convierten en pusilánimes a quienes a tiempo no saben declamarlas, arma de ritmo, respiración y doble filo. No obstante duele, quema, lacera la blancura lineal o la cuadrícula vacía de ese cuaderno no estrenado aún; las minúsculas celdas que sugieren las líneas o las cuadrículas exigen una cuerda sintáctica de presos o una captura de animales, de bestias retóricas, un colmarse de algo, o tal vez una desaparición o un desvanecimiento entre los trazos. "La lucha del narrador contra la nada." (Julio Cortázar)
Muy al principio me rondó la idea del diario. (Todos aquellos que hemos hecho o hemos tratado de hacer carrera del insomnio, todos aquellos que hemos dado un orden poco fiable al desorden del desvelo, a la funesta gotera de la vigilia, hemos sentido alguna vez la tentación -¡casi iba a decir la necesidad!- de escribir un diario, forma limada de escritura o literatura de alcoba donde uno pueda desprenderse del lastre profesional de la ejemplaridad en el texto, donde uno pueda ser banal e intrascendente, superficial y hasta patético, simple y soez como un eructo, sin nudos ni metáforas -que dijo el poeta (José Ángel Valente)-; donde uno pueda ejercer su derecho a escribir, literalmente, como un pato.) No aspira éste, ni mucho menos, a ser un libro a incluir entre los grandes volúmenes de la literatura universal, pero de todos modos ya luego pensé en las fechas en cabeza de página, en esas efemérides que a nada trascienden ni nada homenajean (excepto, claro, el haber hablado en él de ti o el haber respirado un día más, que ya es mucho, o demasiado, o milagroso), y me abrumó el tener que ser tan demudadamente explícito.


"Debiéramos tal vez
reescribir despacio nuestras vidas,
hacer en ellas cambios de latitud y fechas,
borrar de nuestros rostros en el álbum materno
toda noticia de nosotros mismos.


Debiéramos dejar falsos testigos,
perfiles maquillados,
huellas rotas,
irredentas partidas bautismales."

(De nuevo José Ángel Valente. Fragmento de su poema Criptomemorias.)


Después, como de costumbre, se abalanzó sobre mí el jaguar terrible que hay siempre acechando hasta en la poesía más mediocre, y ya entonces pensé y me dije que un nombre como el tuyo, como el de tu madre, debería pronunciarse en forma de verbo y verso encadenados a una música, pero también debería poder explicarse en forma de textos que, por su extensión y modo, me permitan resarcirme de esto que me escuece y me deleita amándote. Al final me saldrá una maraña, una melopea de palabras que nunca alcanzarán del todo para decirte qué, para decirme qué, ahora cuando estoy pariendo el prólogo del libro que todavía no he escrito. Un almanaque es lo que acabará yendo a tus manos, un zodíaco de sentimientos previsibles en un padre, con frases rescatadas entre café y cigarrillos, palabras quizá excesivas y versos que, por más que lo intento -y aunque hablen del sol que regirá tus días-, siempre me salen nocturnos.
Y aquí tu nombre. Y aquí estos versos, estas frases, estos textos con noche entre las líneas. Y aquí cantar ahora a tu vida entera, a tu alma inmortal que juega con los tigres de la infancia y se asombra con la luna, porque lo demás no importa -mi vida ni la ruina que compuse de ella ni sus musas cuestionables, ni tan siquiera mi pelea constante contra mí mismo-; elevar a obra o cima tu amor nunca sobornable, la estrella de verano que arde en tu risa, el cereal que raptaron los bucles de tu pelo; decirte en definitiva, culminarte en una o mil o mil y una frases... Y aun cuando eso es tarea imposible. Lo demás no importa: no importa el dolor, si no es a veces tu despecho el que me lo provoca; no importa la ufanía de la muerte, el miedo que siempre la tuve, si no fuera porque un día habrás de perderme; no importa el bien que hiciera a otros, si contigo no tuve un día paciencia; no creo que importen los errores, por mayores que fueran, si tú te convertiste en el único acierto.

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