"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 13 de diciembre de 2010

Despertar (del poemario "Desdén de las cunetas")

Canta el gallo
y se hace esquirlas la madrugada.

Más allá de esta imagen
cotidiana, a lo lejos, perduran aún las luces
de una ciudad exultante de amores negados.

Despiertas. Y estás solo,
pero ya no debieras sorprenderte:
siempre estuvieron hechas tus noches
de un deseo inmarcesible por incierto,
siempre idealizaste aquellos labios
que nunca te susurraron al oído;
nada resulta más hermoso
que lo que nunca tuviste,
que lo que te negó la vida,
o perdiste, o negaste
tú a otros.

Y ahora quisieras precipitarte al alba extraña
de una cama ajena
en vez de a ese cuaderno insomne
de palabras sitiadas, de frases-lucha
que siempre acaban convocando,
inútilmente, el ideal de lo imposible.


Cabanillas del Campo (Guadalajara). Abril de 2008

A la noche (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")

"Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas."

JORGE LUIS BORGES, Tankas










Yo canto a la noche primigenia y promisoria,
a tanta deshora sostenida en mis palabras
como acordes de guitarra rota entre la escoria
o ritmo ancestral de ritual de abracadabras.

Yo sostengo una mínima fe en su recinto,
abro su tinta del retiro, tiro mis sueños
en el varadero de los astros y precinto
todas las esperanzas que ya no tienen dueños.

¿No es el nacimiento como una noche anterior
y la muerte segura una noche posterior?
Para encontrar el alba más hermosa -su juego
de colores, sus fases: anhelos para el ciego-,

¿no es necesario acaso ser séquito nocturno,
respiración y latido o sueño e insomnio
buscando a tientas el término satisfactorio
que, como dádiva, nos otorga lo diurno?

Yo me acuesto en su alquitrán intangible, espero
sus constelaciones, idolatro sus criaturas,
voy absorto de sus ciudades de paso empero
que cruzo su extensión, sus cerros y sus llanuras,

sus calles, sus parques, sus océanos insomnes,
márgenes donde los párpados quieren caer
con sonido de cerradura y romper los goznes
de los sueños que la pura noche ha de traer.

En su perímetro yo no duermo: crezco y duro
en su transcurso, compongo la voz del conjuro
con ritmo de mareas que controla la luna,
con formación de arenas que disponen la duna.

De la noche quiero sus sigilos, sus prodigios,
sus máscaras propicias para el crimen, quijadas
que vistan las ojeras negras de los auspicios
que reparten y acumulan tantas madrugadas.

viernes, 19 de noviembre de 2010

"Ya sólo habla de amor", de Ray Loriga

LETRAS LIBRES /  (De click para agrandar)De sobra es conocida ya la actividad imparable de Ray Loriga (Madrid, 1967), escritor, guionista y director de cine, que ha colaborado, entre otros, con Pedro Almodóvar y Carlos Saura, ha dirigido las películas La pistola de mi hermano y Teresa, el cuerpo de Cristo, y es autor de las novelas Lo peor de todo, Héroes, Caídos del cielo, Trífero, El hombre que inventó Manhattan, además de los libros de relatos Días extraños y Días aún más extraños. Traducido a catorce idiomas, y con el beneplácito de la crítica internacional, de él se ha dicho que se ha unido al selecto grupo de escritores (como Houllebeq y Murakami) que están redefiniendo la ficción del siglo XXI.

Pero Ray Loriga hace ya algún tiempo que abandonó ese estilo literario heredado de la cultura del rock and roll y que le llevó a ser comparado con cierto tipo de literatura que se practica sobre todo en Estados Unidos. Poco queda del autor de novelas como Lo peor de todo y Héroes y de las etiquetas manidas y facilonas que se le colocaron en el inicio de su trayectoria literaria. Si bien esto ha causado cierto desencanto entre algunos de sus seguidores, creo que esa madurez, que  ya comenzó a palparse notablemente con su novela Trífero, es muy necesaria; los escritores crecen, se ven enfrentados a nuevas perspectivas de la vida a medida que los años transcurren y, aunque esto pueda pesarle a muchos consumidores de sus obras, hubiera sido inverosímil e incluso mediocre que Loriga continuase hablando en sus historias de drogas y adolescentes confundidos. Sus novelas tal vez hayan perdido algo de frescura, pero han ganado en cambio en sentido común y coherencia respecto a la edad en que se han escrito.

Ya sólo habla de amor es un descenso íntimo a los infiernos del sentimiento amoroso y un atestiguamiento de la caída de la autoestima que puede suponer una relación fallida. Sebastián, el protagonista, incapaz de superar la pérdida del amor, se entrega vehementemente a su derrota, y en tanto que se da con entusiasmo al sentido de la culpa, se dedica también a darle la murga a los amigos, a observar a las mujeres con una minuciosidad obsesiva y a traducir poemas de William Blake. Sin una acción ni un argumento palpable en el que la historia se sostenga (una noche por delante para pensar en los errores del pasado y para atreverse a sacar a bailar a una chica a la que corre el peligro de perder de nuevo por estar rebozándose demasiado en los motivos que le llevaron a perder a su anterior pareja), no obstante el libro quizá pretenda enseñar que los errores son casi siempre los mismos a lo largo de la vida y que el arrepentimiento, aunque inevitable, no es el motor más adecuado para cambiar las cosas que no nos gustan de nosotros mismos.

Una historia absolutamente normal, corriente, cotidiana, tan usual y conocida que podría ser susceptible de causar aburrimiento o indiferencia. Pero ahí radica su encanto. En muchas ocasiones, los libros que más nos entusiasman no son los que nos enseñan algo, sino los que nos dicen cosas que ya sabíamos.


martes, 16 de noviembre de 2010

"El faro de la última orilla", de Stephen Marlowe (reseña)

Stephen Marlowe (Nueva York, Estados Unidos, 7 de agosto de 1.928 - Williamsburg, Virginia, Estados Unidos, 22 de febrero de 2.008), aunque pueda resultar un autor desconocido para muchos lectores, era un excelente biógrafo y novelista que ha escribió novelas de resonancia internacional, como son Las memorias de Cristobal Colón, que obtuvo en Francia el Prix Gutemberg du Livre en 1988, y Vida (y muerte) de Cervantes. Con este libro, El faro de la última orilla (The lighthouse at the end of the world), pretende acercar la figura del genial escritor Edgar Allan Poe, mostrándonos los vericuetos mentales por los que se movía el autor bostoniano y relatándonos la última semana de su vida, que pasó entre la cárcel y el hospital de Baltimore.

A tan sólo cinco días del fin de su existencia, Edgar A. Poe, escaso de recursos y prácticamente en la indigencia, hundido ya de lleno en toda su gloria demente, se suma a un partido político fraudulento en el día de las elecciones de la ciudad que cambia votos por dinero y comida caliente. Esta jornada hará de gozne que abra las puertas de la imaginación, y Poe se encontrará evocando el pasado y haciendo una incursión en una vida paralela que incluye un viaje a París en el que conoce a Alejandro Dumas y al personaje más famoso de sus propios relatos, el detective Auguste Dupin, padre de todos los Sherlock Holmes de la literatura, además de una visita a una isla de Malasia en la que tendrá que impedir la destrucción del ídolo de una tribu que puede suponer el fin del mundo. Asimismo, durante estas aventuras e incursiones a su mundo onírico e imaginario, Poe se imagina escribiendo una novela a la que no logra encontrarle el final, y que trata precisamente de un hombre que se enclaustra en un faro de una costa remotísima, absolutamente solitaria, a escribir una novela sobre el fin del mundo a la que tampoco consigue encontrarle un desenlace.

Aunque el argumento, leído así, pueda parecer un tanto peregrino e inverosímil, la trama va entretejiéndose a la perfección, hilando magistralmente unas aventuras con otras, y la pericia de Marlowe nos coloca allí y allá elementos tan propios de la literatura del autor de El cuervo, como pueden ser los dobles, los sonámbulos, el mesmerismo, los dificultades y los miedos que invadían a Poe cuando debía finalizar un relato, además de regalarnos pasajes de absoluta belleza que parecieran escritos de los propios puño y letra del genial escritor americano. Tal vez el único incoveniente de la novela sea que, para leerla, uno debe tener ciertas referencias de la biografía de Poe, debe haber conocido antes su vida y su literatura para poder complacerse en estas páginas de los guiños y homenajes entre líneas que Stephen Marlowe hace a uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Por lo demás, quien conozca la vida y obra de Edgar Allan Poe disfrutará mucho con esta novela; sobre todo con los elementos biográficos que hay en ella, como es la relación que guardaba con su prima y esposa Virginia Clemm, de la que me concedo la libertad de incluir aquí un fragmento maravilloso: "[...] y yo la amaba por ser una persona para todos los demás pero otra persona diferente para mí y la hubiera querido aunque no fuera así. La amaba."

lunes, 15 de noviembre de 2010

"La noche de los tiempos", de Antonio Muñoz Molina (reseña)




Esta es, sin duda alguna, la novela más ambiciosa en la bibliografía de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), uno de los escritores con una de las trayectorias más sólidas e interesantes de las dos últimas décadas en el panorama narrativo español. Las 958 páginas que contiene este libro dan buena cuenta de ello, y también la pericia necesaria para escenificar su relato en los primeros inicios de la Guerra Civil española sin politizar el mismo, aunando personajes reales (NegrínMoreno VillaBergamín...) con personajes ficticios, y logrando una perspectiva absolutamente objetiva de los bandos enfrentados, resaltando con idéntica lucidez tanto los defectos como las virtudes de cada uno de ellos. 

Un día de finales de octubre de 1936, Ignacio Abel, arquitecto español, llega a la estación de Pennsylvania (Estados Unidos), alejado ya tal vez para siempre de su mujer y sus hijos, que permanecen incomunicados en España tras uno de los múltiples frentes que ya comienzan a quebrar el país. Durante el largo viaje recordará los hechos acaecidos en los últimos meses, la historia de amor clandestino con la que ha de ser la mujer de su vida y la ofuscación social y la confusión que precedieron al estallido de la guerra, la dualidad entre la vergüenza y el escarnio por la traición que ha brindado a su familia a causa de su adulterio y la satisfacción íntima de haber encontrado un país tan diferente del suyo, moderno y progresista, en el que podrá desplegar con toda libertad de recursos sus dotes para la construcción de un edificio.

Aunque escenificada en los acontecimientos precedentes al estallido de la Guerra Civil y en los primeros inicios de ésta, la novela es una gran historia de amor clandestino. El protagonista se enamora de Judith, una chica americana que ha llegado a España para absorver cada partícula de la cultura y las costumbres del país, enamorada por las referencias culturales que tiene de él desde muy niña, desde que leyera "Cuentos de la Alhambra", de Washington Irving. No es solamente su belleza; Judith representa todo lo opuesto a lo que Ignacio Abel desprecia de su propio país: la zafiedad, lo arcaico, el folclore, lo manido, la perseverancia ciega en tradiciones que impiden una mirada objetiva y progresista del mundo, todas esas cualidades tan insoportables para él y que parecen reunir a pleno los miembros de la familia de Adela, su mujer, con los que no se siente identificado en absoluto
.
Lo más atrayente de esta novela sea quizá la lucidez con la que Antonio Muñoz Molina ha incluido personajes reales en la historia, desprendiéndoles de ese rango de mito que sugieren sus grandes nombres. Así, podemos ver a un Moreno Villa que prácticamente vegeta en su cuarto de la universidad, condenado al olvido por esos personajes como Federico García Lorca que, tras haber acudido a él, a su pintura y su poesía, a sus enseñanzas, cuando aún no eran nadie, ahora en la fiebre de su enorme éxito ya no se acuerdan de él. También a un Rafael Alberti contradictorio, concienciado con su ideología política, que proclama consignas comunistas pero, sin embargo, organiza y asiste a fiestas lujosas en las altas esferas. Todo esto, unido a la capacidad del autor para saber ver con perspectiva ecuánime a ambos bandos de la guerra: el salvajismo y la violencia acérrima de los falangistas, pero también su sentido de la disciplina, del deber, del esfuerzo; el apoltronamiento haragán de los republicanos, su sobrada arrogancia al pensar que la guerra la tenían ganada de antemano; los sentimientos más condenables del ser humano, la envidia y las rivalidades individuales que existen entre ciudadanos que denuncian a sus vecinos falsamente por afrentas banales que sufrieran en el pasado...

Una novela redonda, de final abierto, donde Antonio Muñoz Molina despliega la exuberante precisión de su prosa y esa virtud, característica ya de su estilo, de encontrar siempre los adjetivos más exactos e inhóspitos que uno pueda imaginar.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El mismo cielo (del poemario "Los territorios heridos"

No puede repetirse dos veces
el mismo cielo;
                               y aunque el mismo cielo
siempre, no puede repetirse dos veces
la exacta amplitud que nos acogiera en otra época,
ni lograr ni alzarse el tono preciso
de azul herido con que acaso se vistieran
aquellas carencias de nuestra juventud,
sucios y feos como éramos, excluidos
de toda salvación divina,
henchidos y arrogantes, hermosos
no obstante por omisión
de esa susodicha salvación
y su invitación que nosotros mismos declinábamos.


Han soplado los vientos, han pasado las lunas
desde entonces,
                                  y no es sencillo ahora
reconocerse, avistar el ideal en la mirada
con que nos escrutábamos
antes de escupirnos: "Te quiero".
                                  Y no es sencillo ahora
reconocerse en el espacio neutro y siempre pretérito
de una fotografía.
                                 Y no es sencillo ahora
reconocerse. Y no es sencillo ahora.

domingo, 30 de mayo de 2010

Todas las almas (apunte para una novela)

"Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho."

JORGE LUIS BORGES, El otro





















CAPÍTULO PRIMERO





Mañana, muy temprano, cuando el alba que siempre te descubre despierto no haya comenzado siquiera a insinuarse en la línea imaginaria del horizonte, sobre los extensos campos rubios que alcanzas a ver sin emoción alguna desde la ventana de tu habitación, en la residencia donde hace ya tanto tiempo que nadie nos visita, te llevaré junto al mar. Supongo que, entre amigos de nuestro calibre y nuestra veteranía, está de más decir que no importan los kilómetros, la duración del trayecto ni el precio que yo tenga que pagar por concederte esta mínima aventura, ni tan siquiera esa enfermedad tuya que te enturbia la mirada como a fiebre y te obliga a replegarte en ti mismo como si ya te hubieras negado cualquier muestra de valor o te hubieses resignado a no mirar ya nunca más a los ojos hostiles del mundo. De hecho, tu enfermedad es lo que menos importa, aunque ya casi no te permita ni reconocerme; porque en mi viejo y maltrecho corazón martillea vigorosamente la sospecha de que, mañana, llegado el momento oportuno, cuando desde el ángulo propicio al final de una curva en la carretera alcances a ver por primera vez en tu vida el océano (un instante al principio, en la lejanía, de pronto como emergido de entre las estribaciones de algunos cerros), la línea turquesa y luminosa de la bahía emitiendo reflejos argénteos allí donde las aguas copulan con el cielo, se abolirá casi de un tajo ese sufrimiento tuyo que –no sé quién lo dijo, o acaso es que la vetusta memoria ya no me da para recordar dónde lo leí- nace de la indiferencia fruto de haber sufrido mucho.

Pero ni siquiera entonces albergarás la más leve conciencia que te induzca a imaginar las verdaderas dimensiones del océano, la exactitud de su extensión abrumadora, ni sabrás todavía su latido ni su respiración, esa especie de pulsión mística que tienen los mares y que, una vez conocida y, por lo tanto, amada, te perseguirá hasta la muerte y obrará en tu memoria como la impronta imborrable de ese primer amor ausente y remoto que siempre rememoran tus accesos de delirio (y por el cual, en secreto, yo me muero de celos) cuando por las circunstancias que limitan tu vida no se te conceda, en alguna época, el sencillo y denostado privilegio de acudir a la costa, a cualquier costa, puesto que dentro de muy poco, al igual que yo, llegarás a pensar que todos los mares son en realidad el mismo. El milagro culminará algún tiempo después, cuando el autocar por fin se detenga tras horas de viaje y seamos como arrojados temerariamente al mundo, dos ancianos que apenas se sostienen cargando con la cuarteada y anacrónica maleta que el conductor, tal vez, extraerá del maletero y nos tirará a los pies con desdén, malhumorado, la cara contraída en un gesto de impaciencia y ofuscación, después quizá de haber denunciado entre dientes nuestra enervante lentitud al bajar del vehículo y esa parvulez senil que nos denota y que para la mayoría de los jóvenes hace tan insoportable el trato con personas de edad tan avanzada como nosotros, que somos viejos como la hierba, viejos como ese mar que tú descubrirás por primera vez tras unas dunas salteadas de matorrales o una restinga elevada de grava y cantos rodados, una vez que el autocar haya arrancado de nuevo, dejándonos atrás entre nubes de polvo del camino, y debamos andar más de un kilómetro casi paralelos al marjal, rodeados de huertas y humedales, hasta llegar a la playa de mi vida.

No podré saber a ciencia cierta, hasta que vea tu reacción, qué gesto irrepetible se formará en tu rostro cuando ante tus ojos aparezca el mar. No me atrevo a elucubrar acerca de si el asombro o, por el contrario, la decepción –nunca la indiferencia, pese a que tu enfermedad ya sólo te permite una identidad propia si es mirando largo hacia el pasado- iluminará por fin o ensombrecerá ya del todo esa mirada tuya, siempre ejecutada de soslayo, que parece eludir al mundo y a los ojos de la gente. Quiero creer, con la fe renovada de quien nunca ha creído ni esperado nada de la vida y de repente el destino comienza a otorgarle todos los logros posibles, que esta aventura un tanto pueril que te ofrezco le servirá a tu alma de lenitivo, y por eso no me resulta difícil imaginarte sonriendo frente a la visión del mar –esa sonrisa tuya que, por rara y por escasa, es tan especial-, con todos tus sentidos revolucionados o conmovidos, la vista asida al piélago aparentemente inalcanzable y al vaivén de las olas, el oído arrullado por el estrépito de la marea que arrastrará guijarros pulidos en la orilla, el tacto agradecido de descubrir la textura de polvo de una arena tan fina, el sentido del gusto cuando te mojes los dedos con el agua salada y te los lleves a los labios, el olfato que registrará al fin ese olor grueso y único que, estoy convencida, ha de perpetuarse en tu memoria hasta el final de tus días…









Mi padre, que en gloria esté, sostenía que solamente hay una cosa más conciliadora para el alma que contemplar el mar, y es enseñárselo a otras personas –otras almas, decía él- que no lo habían visto nunca. “Eso sí que limpia el espíritu, y no las penitencias que el padre Mendieta les pone a tu madre y a la bruja de tu tía en el confesionario”, me decía socarrón, a media voz para que no pudieran oírlo en el resto de la casa, guiñándome un ojo y esgrimiendo esa sonrisa canalla suya que era muy amplia y un poco triste a la vez, sobre todo los últimos días, cuando ya lo habían amenazado y sabía que lo iban a matar. También solía decir –obviamente no era creyente, y eso, hasta que lo acabaron asesinando, le trajo no pocos problemas en la época de que te hablo, incluso con su mujer, mi madre, y con su propia hermana, mi tía María, ambas más beatas que una pila bautismal- que tan sólo había dos momentos concretos en que cabía la remota posibilidad de que él, algún día, pudiera llegar a creer en Dios: el primero era cuando miraba a los ojos de Wayne, su mastín español; el segundo, claro está, era cuando tenía la oportunidad de contemplar el océano. Eso era en la época en que aún no le había tocado aquella holgada fortuna heredada de la muerte de su tío Herminio, un tipo afable y bonachón, pintor desconocido aquí pero muy reconocido en el extranjero por eso de que nadie es profeta en su propia tierra, que había hecho fortuna con sus cuadros en Nueva York, aficionado también a los versos, maricón y de moral distraída (tal como aseguraban mi madre y mi tía con muy mala baba), al que yo sólo llegué a ver una única vez en toda mi vida y en el que la sonrisa parecía estar perpetuada en su rostro hinchado y colorado, según dicen –decían mi madre y mi tía, mientras tendían la ropa en el patio de atrás de la cochambrosa casa, casi una chabola, donde vivíamos entonces-, por ser más aficionado aún a todo tipo de caldos y bebidas espirituosas. El caso es que, siendo hombre sin hijos (y teniendo más constancia de la que daba a entender de los comentarios que de él circulaban por ahí), sentía un apego y un cariño especial por mi padre, que siempre le hablaba abiertamente, sin prejuicios de ninguna clase, y jamás chismorreaba sobre él ni incurría en sus preferencias sexuales, alegando además con el semblante muy serio –mi padre era muy bueno para que no se le notase en qué preciso momento estaba bromeando, y eso quizá fue lo que le costó la vida-, cuando Herminio ya había regresado a Norteamérica y yo no estaba delante, que de haber sabido antes que iba tener que compartir el resto de su vida con tres mujeres, dos de las cuales eran unas perfectas alcahuetas, él mismo se hubiese hecho mudar a la acera de enfrente de muy buen grado. (Entonces mi madre y mi tía le chistaban con el ceño fruncido, le conminaban a que bajase la voz, que podía oírlo alguien, y decían “José, María y Jesús” y se santiguaban ominosamente repetidas veces.) Tanto era así, que fue el único beneficiario de la herencia de Herminio; ninguno de los otros cuatro parientes que a éste le quedaban con vida en el mundo, incluyendo su sobrina María, mi tía, vieron un solo real.

Del alcance de la fortuna que heredó mi padre, sólo voy a decirte que le hubiera permitido dejar de trabajar hasta la misma tarde en que vinieron a matarlo. Pero aun así trabajó, vaya si trabajó. No en lo de otros, por supuesto, ya sin tener que callar para conservar un jornal y sin capataces ni patrones que lo anduvieran jodiendo, siendo él a partir de entonces su propio jefe; pero trabajó, trabajó como un mulo, primero arreglando las tierras que había comprado en las afueras del pueblo y luego levantando allí la misma casa que lo vio morir, un atardecer templado de mediados de septiembre, además de emprender descabelladas e infructuosas empresas que a mi madre lograban destrozarla de a poco los nervios y a mi tía la sumían en silencios graves, hondos, mohínos.

Fue en aquel tiempo cuando decidió montar Todas las Almas. Sin ningún tipo de duda, se trataba de la idea más loca de cuantas a mi padre pudieron pasársele por la cabeza; una empresa incongruente en cuanto a que no aportaría ningún beneficio a la cada vez más menguada herencia de Herminio, y que, de haber continuado durante un año más, hubiese acabado puliéndose lo que quedaba de la fortuna. “Un saco roto, un hijo tonto, eso es lo que ha montado tu marido, que cada día que pasa es más imbécil. A él le quedó la herencia del maricón de Herminio, pero cuando en mi familia se repartió la coherencia y el sentido común fue Luis el que se llevó la peor parte”, le decía mi tía a mi madre, a media voz, mirándola reprobatoriamente por encima de las agujas de hacer ganchillo, mientras mi padre dormitaba a unos metros de donde se encontraban ellas, roncando levemente bajo la frondosa sombra de las tres higueras que había en la cara sudeste de nuestra inmensa parcela, en la casa donde ahora vivíamos y que él había levantado con sus propias manos. Pero mi padre callaba, bajaba la mirada y callaba y no secundaba, como tantas otras veces, los reproches que escupía María, dichos con tanto énfasis que podían verse perdigones de saliva saliendo disparados de su boca; solamente se limitaba a eludir los ojos negros y duros de su cuñada y a contemplar silenciosa a mi padre bajo las higueras con una sonrisa taimada, esgrimida más con los ojos que con los labios, apenas dibujada en la cara para que mi tía no advirtiera en su rostro la certeza de saber, secretamente, con ese código sutil exento de palabras con que algunos amantes se comunican y estrechan día a día sus lazos, que su marido había creado esa empresa por ella, empresa que no era tal, sino más bien discreto homenaje hacia su persona, quizá la prueba más grande de amor que un hombre haya podido hacerle alguna vez a una mujer de la talla de mi madre, porque en sus fines no existía la menor intención de hacer fortuna ni el más mínimo rastro de ostentación ni vanidad, no adolecía de la opulencia y la inutilidad que pudiera haber supuesto regalarle una joya carísima y un ramo de flores.

Y ofrendas, flores para qué, si mi madre podía disponer de todas las que quisiera en la parcela donde se asentaba la casa que mi padre había construido ahíto de fatiga, de una fatiga vieja que no procedía del esfuerzo casi sobrehumano, físico, que suponía levantar solo, sin ningún tipo de ayuda, nuestra preciosa casa solariega, sino venida de antaño, de cuando trabajaba para otros y todo eran quejas y amenazas de despido, una fatiga antigua que de repente lo hacía caer en la cuenta, no sin asombro, de que ya no tendría que darle explicaciones a nadie, calibrando con cierto cansancio los pros y los contras de ser su propio jefe, recibiendo así todas las recompensas, todos los méritos, los logros, los beneficios, pero también toda la carga de responsabilidad y todas las culpas, todas las decisiones a tomar junto con su contrapartida de aciertos y desaciertos, todo el esfuerzo que no siempre sabían reconocerle su mujer y su hermana. Así que flores para qué, si además a mi madre le gustaba contemplarlas en su estado natural, recopilar para sí misma los diferentes tipos que había ido plantando por toda la propiedad, reservándole a cada especie un lugar preciso en aquella isla en medio de un océano amarillo de eras de trigo y cebada, un rincón exacto que por las características de su ubicación y su cuidado propiciara el mejor crecimiento y la mayor salud para la planta que allí colocaba con mimo, con manos curtidas y expertas, aunque tiernas, que ahuecaban la tierra oscura y húmeda e introducían la raíz de la especie elegida con tanta suavidad como si allí se estuviese depositando el cadáver de un pájaro precioso.

Todos los días, a una hora concreta de la mañana o el anochecer, mi madre se daba una merecida tregua, se distendía de la absorbente compañía de su cuñada y salía de la casa y paseaba por todo el largo y ancho de la parcela comprobando el estado de sus plantas, regando, cuando era preciso hacerlo, los lirios, las aloeveras, los rosales que había junto a la verja de la entrada, palpando con los dedos las brevas como puños que crecían en las tres higueras, acariciando las anchas hojas del nogal que había en la parte nordeste, contando con grata incredulidad el número exacto de almendros repartidos por todo el jardín, barriendo las agujas de los tres pinos piñoneros que se erguían hacia el cielo, algo inclinados hacia el tejado de la casa por el lado norte, lo mismo que gigantes cansados que rindieran pleitesía a los muros encalados de nuestro hogar. Entonces, finalizadas las tareas de mantenimiento del jardín, mi madre se detenía en medio de esa calma perfecta para escuchar el sonido de la brisa cantando en las copas de los dos álamos negros o bien se asomaba un rato al pozo, por el hueco que permitían los enjambres de madreselva, y se demoraba más de la cuenta en su propio reflejo devuelto por el agua del fondo, como atisbando en la mujer que a su vez se asomaba desde la profundidad y la umbría un residuo de la belleza que poseyó en otro tiempo, igual que hay mujeres que saben atisbar y ver en los posos del café. A mí me gustaba mirarla sin que ella se diera cuenta, a través de las rejas de la ventana de mi cuarto (¡mi propio cuarto! Cuántas veces me repetía al despertar por las mañanas, con una incredulidad que era una cosquilla de satisfacción en el estómago, que aquel era mi cuarto, mi propio cuarto, yo que siempre había tenido que compartir cama con mi tía María, con sus ronquidos y su leve olor a orines…), y comprobar que mi madre aún se concedía, a solas, un poco de presunción, un poco de la saludable vanidad que parecía esconder delante de su cuñada, aunque mi madre –sospechaba yo, niña muy avispada para algunas cosas- supiese de sobra que era mucho más guapa que María, y que si vestía con sobriedad idéntica a la de ella no era por recato ante el padre Mendieta ni por el gasto adicional que hubiese supuesto renovar el vestuario de su armario con los últimos diseños expuestos en los escaparates de las boutiques de Madrid, cuando mi padre nos llevaba a visitar la capital, sino por respeto a María, porque no se sintiese más fea de lo que ya era, que tuvo un solo pretendiente en toda su vida y salió despavorido cuando fue comprobando con el paso del tiempo el carácter de su futura esposa, a medida que la ansiedad del enamoramiento iba disolviéndose. [...]

sábado, 29 de mayo de 2010

El libro de Dalila (5): "Azote del alba primera (alumbramiento)"


Mi hija viene con la nieve.


Yo aún no la reconozco
en su llanto recién estrenado, en el azote
del alba primera, en sus ojos
velados al contacto de la luz y el frío
de afuera, expulsada ya por siempre
de la ruta del útero.


Avaricia de mis brazos por atesorarla
contra el pecho;
                                y la miro y ella me mira
sin ver -un instante de cohesión,
un segundo al menos-, reconociéndome
a partir de un olor o una voz, y comprendo
al fin la infalibidad del instinto.


Su llanto, después, es toda
la noche, mientras allá, tras la ventana
y los tejados tocados inhóspitamente por la nieve,
febrero ya casi fenecido y su promesa
tienden a la muerte, bogan
en el barómetro del invierno
que se repliega con última embestida.


Su llanto es toda la noche.
Llora -Eva primaria de víscera
y esfuerzo desterrada del Paraíso-
como si ya supiera
que la han arrojado sucia y desnuda
a un planeta deshauciado;
llora como para agotar o abolir
por siempre la experiencia del llanto;
llora -prematura nostálgica
de ese reino milenario del que hablaba
Cortázar- y su llanto es
toda la noche.

Máxima (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")

En la corrivación de una lágrima
cabe el significado del mundo;
en el fondo de la tierra, la carroña;
en el océano, el piélago
nocturno que nos descubre despiertos,
espiando sus mareas
tal vez desde un beso y una playa.


          Yo lo supe de cuanta noche
          filtró mis acciones.
          mis cuadernos sin sueño,
          mi amor de doble filo.


Y sé también, luminosamente,
que la culpa no nos hace mejores
ni tan siquiera el arrepentimiento:
tienen una mitad de frío,
una máscara monstruosa
que motiva a los culpables
y a los inocentes trastorna.

viernes, 28 de mayo de 2010

Versus (Vs.) (del poemario "Desdén de las cunetas")

Me lo canto a mí mismo.


¿Cuánta proporción de mí
pudo un poco de bien en el mundo,
un abrazo dado a tiempo, un beso
que, a la larga, no hiciera llorar
de algún modo?


¿Cuánta sombra de mí desprendida
contaminó las dádivas ajenas
y las dudas de otros que me pidieron
respuesta, y yo solamente les di el nunca
y, más tarde, libre albedrío?


Soy un fraude, según me dices
-un farsante, un coleccionista
de sensaciones,
                                 mal amante
y peor poeta-
con la voz grave del resentimiento
y la actitud deslenguada
de los que beben solos el vino tardío
en las últimas tabernas.
Y yo te creo, te juro que te creo
cuando a esa hora de los gatos
y los asesinos, de sillas subidas
encima de las mesas, amartillas
el nueve largo de tus reproches
y me reconoces en los errores
o conoces el modo exacto de mi tristeza,
el peligro que conlleva mi melancolía
y toda mi fe maltrecha
hecha jirones de invierno en mi pecho
cuando en la alusión de tus reproches
también en ti reconoces al Diablo.

lunes, 24 de mayo de 2010

Mérito de morir (soneto del poemario "Ejercicios con lo oscuro")




Con mi ansiedad ya convoqué tu nombre,
tu idea, tu atardecida clausura.
Tú eres la muerte; yo soy recto hombre
que, cercado, lucha contra la usura.


La usura, mascarada de tu nombre,
pues eres muerte antigua que procura
el miedo de tu idea que aún dura
en mi epicentro de criatura pobre.


Quiero dignidad cuando ya tus fauces
me alcancen y todo sea pretérito,
cuando ya mi vida no tenga cauces.

Quiero dignidad, ser el impertérrito
que se ríe de la muerte y sus sauces:
pienso que hasta morir debe hallar mérito.

Negación (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")











"No no es dado contemplar inmutables ni el sol ni la muerte."

LA ROCHEFOUCAULD (1613-1680)




I

Condúceme al No.


Si la desposesión de mi vida
es ya toda ceremonia,
ansíate carcelaria
de todas mis vivencias.


Y ahora ciega los astros,
tapa el sol
con tu tañer de campanas sucias,
tu insomnio de ojos
que duermen sin párpados,
ciégalos.


Y condúceme al No,
al estambre último
en que deberé sostenerme
con todas mis fuerzas,
con todas ellas sostenerme.


II

Aún no he podido mirar directamente
la encarnadura del sol de medianoche.
(Su sola luz
es mi más lograda herida.)

Charla de gestación y sobremesa ("El libro de Dalila" 3)

Me aburre lo más elemental.
(Nacerás, crecerás y seguramente me reproches,
con la impertinencia joven de quien presupone su futuro,
la facilidad con que siempre el tedio
enumera y aplaza casi todas mis acciones.)


En esta charla de gestación y sobremesa,
con café, copa y cigarrillo,
los escucho calcular fechas, considerar nombres posibles,
predecir tu sexo por ahora inexistente
y similar al de ángeles abstemios, hacer
al respecto pueriles apuestas;
las mujeres veteranas hablan por boca
de su experiencia -evidencia
obsoleta ya y tradiciones-,
mientras los hombres bromean
desde el tintineo del hielo de sus copas
acerca de una improbable ilegitimidad disociada
entre mi supuesta paternidad
y mi hombría.


Yo los escucho y no puedo evitar aburrirme,
sonrío sin ganas, me siento mal si pienso
que los amigos me molestan más cuanto más fieles,
le doy vueltas en mi cabeza a un texto escrito
la noche anterior, recuerdo de repente
unos versos de Rimbaud,
miro el fondo verde e irisado de mi vaso
con la esperanza tal vez de que vuelva a llenarse,
habito lugares comunes
impuestos involuntariamente por los otros,
bostezo de modo muy humano y con pudor
ante sus muestras fraternales de cariño.


Contrario en mi forma de amar al resto,
no puedo sentirme partícipe o identificado
con esos pormenores,
porque yo no pienso en esas cosas
si pienso en ti, y pienso en ti
a cada instante.


Pienso en si es justo y hermoso
arrojarte ahora el mundo.
Pienso en mi propia infancia desvelada
por las carencias de un niño demasiado susceptible.
Pienso en la edad que se avecina, en tu altura
que deseo que desbanque a mi propia altura.
Pienso en si le servirá a tu vida de algo
mi vida, yo que sólo fui claro ejemplo
de cómo no deben hacerse las cosas.
Pienso en cuando tenga que explicarte
el concepto de la muerte y ocultar mi miedo
para no transferirte idénticos temores.
Pienso o elucubro, te imagino un rostro,
te cedo el glosario de todos mis errores, única herencia
que hoy, a todas luces, podría darte.

El libro de Dalila (2): "Noticia de ti"

No sé aún tu sexo ni tu nombre
y ya adocenas mi vida siempre establecida
en la carencia.


Pleno ahora contigo, sin embargo,
yo sé que ya luces en mis ojos
aunque aún no haya podido mirarte,
aunque todavía buena nueva, nebulosa,
embrión, pez ciego, guardián anfibio
ganando de a poco la entraña de tu madre,
luces en mis ojos y yo veo por los tuyos
como por un filtro donde se compone
mi futuro, mi acierto, tu futuro, tu vida
arribando a lunas lentas en mi vida.


Te estoy viviendo incluso antes
de que vivas, adoro la cálida tiniebla
en que ahora consistes o buceas;
has pulsado estas sienes mías
cruzadas siempre de velos e incertezas.
Quiero ahora que nazcas y acontezcas
e irrumpas mi existencia con un llanto
largo como el amor que te profeso.


Y, con el tiempo, que me digas.

domingo, 23 de mayo de 2010

Un espejo terrible

"El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos."

JORGE LUIS BORGES






















“El muerto es un espejo terrible.”

Ésa es la conclusión a la que ha llegado Héctor tras diez largas horas de velar al difunto. Y aún serán dos horas más: el entierro tiene lugar a las nueve en punto de la mañana; teniendo en cuenta que en su Lotus marcan las siete, y que lleva desde las nueve de la noche del día anterior emplazado en el sofá rinconera del mortuorio número seis del tanatorio municipal, eso hará un total de doce horas interminables frente al cadáver.
De a poco va asaltándole la sensación perdurable, en parte angustiosa, de llevar allí sitiado diez días completos con sus diez noches. Un día por cada hora que ha transcurrido. “Cada minuto aquí adquiere una elasticidad desquiciante. Parece como si llevara mirándote a través de la mampara toda la vida, como si tú siempre hubieses estado muerto y tu madre y yo hubiéramos velado tu cuerpo en una noche sin fin.” Héctor habla al difunto desde un silencio legamoso que ya comienza a durar demasiado en la sala; hace ya más de una hora –para Héctor, un día con su noche- que la señora Estévez, la madre del mejor amigo de Héctor –el difunto, Omar Ayala Estévez-, no ha dicho una sola palabra, advirtiendo quizá en su fuero interno que ya tan sólo quedan dos míseras horas para despedirse de su hijo, para que tapen a Omar y lo enclaustren para siempre en un nicho apestoso. “Supongo que su concepto del tiempo aquí es diferente del mío, señora Estévez. Aquí dentro, las horas para mí son un metrónomo ralentizado, algo parecido a una gotera por donde no llega a filtrar del todo el agua, mientras que para usted, sencillamente, las horas ya no existen; su medida de tiempo es fulmínea, se ha reducido al relámpago de una tormenta lejana que se divisa por casualidad en el horizonte.” La habla desde el mismo silencio, diciéndola pero sin decirla, en que le habló a su hijo hace unos instantes –instantes que a Héctor se le antojan horas, del mismo modo que las horas se le antojan días-, sintiendo de repente un acceso de culpa por desear que termine ya, que entierren a Omar y la vida continúe irremisiblemente porque ése es el ciclo y hay que asumirlo y ya está, sin ningún afán de derrotismo y sin hacer uso de largos dramas.
Ese sentimiento ha dejado a Héctor más exhausto de lo que él mismo se creía. Necesita salir un rato de la sala, despejar la cabeza del abotargamiento, entretenerse con nimiedades fuera de la óptica de su amigo muerto y de la madre de éste, tal vez dar un breve paseo por el parking de las instalaciones, esperando a que el tiempo vuelva a activar un ritmo coherente. Para su alivio momentáneo, se acuerda de pronto de que la cafetería ya debe haber abierto: podrá tomarse una Castellana con hielo y un café con leche decente, no como el que a estado tomando toda la noche de la máquina expendedora; café emético de pésima calidad, con asquerosa leche en polvo, que no ha conseguido quitarle la modorra pero sí le ha producido una fugaz aunque engorrosa diarrea.
Se desencaja del sofá y le pregunta a la señora Estévez –la única asistente al velatorio junto con él mismo- qué es lo que quiere para desayunar: algo de bollería y un café, un té quizá aunque no es nada recomendable, una manzanilla o un poleo menta al menos que temple los nervios y asiente el estómago. Tal como Héctor había previsto segundos antes de hacerle la pregunta, la señora Estévez no quiere nada: lo que desea asentar es su dolor, no su estómago; asentar su dolor, su sufrimiento, atesorarlo oscuramente en su interior para no arriesgarse a olvidar a Omar, su único hijo y la única persona que le quedaba con vida en el mundo. Héctor prefiere no insistir y se dirige entonces a la puerta, pero antes de llegar a ella y cerrarla tras de sí echa un nuevo vistazo a la mampara de cristal donde su amigo está expuesto dentro de un ataúd (madera de roble, color caoba señorial, triple llave de seguridad, los mejores acabados; eso ponía en el contrato del seguro de decesos, como si a la pobre señora Estévez la estuviesen vendiendo un Maserati en vez del angosto receptáculo donde yace ahora su hijo) flanqueado por cuatro bombillas puntiagudas de luz tenue, una en cada esquina de la caja, que hacen las veces de velas. “Ya has empezado a cambiar el gesto, colega. El espejo terrible se abomba y desfigura el reflejo.”
Cuando sale al exterior lo sorprende agradablemente un principio de amanecer y una leve brisa gélida. Falta todavía un buen rato para que el sol despunte, pero entre el celaje más inmediato a levante comienza a abrirse una claridad azul grisáceo. Por entre las lápidas y las colmenas de nichos que circundan el austero edificio, fluctúa una bruma proveniente del río que corre al otro lado de la verja del cementerio. En los cerros cercanos que rodean el lugar, la misma bruma asciende un poco y se ciñe al principio de sus faldas y cantiles arcillosos como si disfrutara de vida propia. Es una escena hermosa, contrariamente a lo que se pueda llegar a pensar por razones obvias.
Sólo han transcurrido quince minutos desde la última vez que Héctor consultó el reloj. Se ha dejado el abrigo en el mortuorio y el intenso frío no tarda en calarle los huesos. Se sube el cuello de la americana, enciende el enésimo cigarrillo de la noche (no sin cierta dificultad, debido al leve entumecimiento de las manos) y comienza a caminar hacia la cafetería. No está muy lejos; a unos veinte metros escasos de los mortuorios. Le sorprende, y en parte le frustra, no encontrarse a nadie durante el trayecto. Por norma general, el tanatorio siempre está abarrotado (“Si quieres que tu negocio nunca vaya a pique, procura que ese negocio sea una funeraria”, es su pensamiento más gratuito, manido e inmediato): los mortuorios donde permanecen los difuntos antes de la sepultura o la cremación son siempre un constante entrar y salir de seres queridos, incluso a horas tan intempestivas; pero, casualmente, esa mañana pareciera que sólo van a enterrar a Omar. Esto hace reflexionar a Héctor sobre la pronunciada soledad en que se encontraba su amigo, que después de todo no es tanta cuando Héctor la compara con esa otra soledad absoluta en que se encuentra, a día de hoy, la pobre señora Estévez. ¿No tiene vecinos, conocidos, algún amigo viviendo en otra provincia o uno de esos parientes lejanos que sólo se dejan ver en las bodas y los funerales? Héctor también se había estado preguntando por el cierre de la cafetería durante la noche. Lo más lógico es que un establecimiento de esas características preste un servicio ininterrumpido de veinticuatro horas; sin embargo, una hora antes de la medianoche el encargado del turno de tarde echó el cierre, y no ha sido hasta hace quince minutos que la chica encargada del turno de mañana ha cambiado el cartel de CERRADO por el de ABIERTO. Quizá si en el tanatorio hubiese habido más difuntos con sus respectivas familias –más clientes, en suma-, esa noche la cafetería hubiera permanecido abierta. De no ser así, no sería descabellado suponer o imaginar que la dirección del Cementerio Jardín –ése es el nombre que recibe el tanatorio-cementerio municipal, casi más propio de un campo de golf que de un camposanto- hubiese considerado que es un gasto innecesario el uso exclusivo de unos servicios que va a disfrutar una sola familia –en este caso, ni eso; solamente dos personas que apenas se conocen, la señora Estévez y él mismo, sosteniéndose la una a la otra en el burdo trance de la pérdida-, aun habiendo pagado dicha familia por esos mismos servicios. “Han sido muy considerados al dejarnos la máquina expendedora y la calefacción de la sala encendidas.” El sarcasmo de Héctor proviene de más allá del cansancio y la tristeza, y no del enfado, pues con tanto sueño que lo azuza ya no está seguro de sus elucubraciones.
Al entrar en el local, el cambio brusco de frío a calor le produce un escalofrío placentero. Le llegan olores gratos y conciliadores a café y bollería recién hecha. Una chica rubia, de unos veinticinco años de edad, espera al otro lado de la barra a que Héctor termine de frotarse rabiosamente las manos, con el fin de desentumecerlas, y haga por fin su pedido. Copa de anís Castellana con hielo y café con leche en vaso de caña, con dos sobres de azúcar. La chica esboza una bonita sonrisa taimada, harto practicada por quien debe atender a diario a clientes que merecen un trato especial de misericordia, y comienza a preparar el pedido con una desenvuelta profesionalidad. Entretanto, Héctor apura su cigarrillo y contempla, a través de las grandes cristaleras del local, el avance apenas perceptible del alba: ahora la claridad cerúlea se ha ensanchado y brillan intensamente, como astros de frío, los últimos luceros. Algo más allá, entre los cerros lejanos que sustituyen a la línea imaginaria del horizonte, hay un vago proyecto de sol, un ínfimo resplandor púrpura que aún no se atreve a estallar. Y qué le importa a él si todavía no amanece; lo único que desea es echarse a dormir, que le den sagrada sepultura a Omar y la vida comience a fluctuar otra vez hacia una rutina soportable. Y de pronto, Omar, su nombre, el agudo acentuamiento de aguas al final, la sola mención de su nombre que de repente significa recobrar todo lo demás, su recuerdo que aún es reciente y doloroso, el recuerdo de su voz, de sus gestos, de su cara…; su cara precisamente ahora que ya no es su cara, aunque la señora Estévez, buena madre impertérrita y subjetiva, se empecine en decir que está muy guapo, que parece que duerme. Pero Omar no duerme; Omar está muerto, y su rostro lo dice y su carne lo dice, tan tersa que parece de cera. “El muerto es un espejo terrible”, corrobora Héctor. “En él, los vivos contemplamos nuestro imparable desarrollo aun después de la muerte, lo que llegaremos a ser tarde o temprano, esa materia truncada de marioneta rota, endeblemente rígida, con los hilos invisibles colgando de las articulaciones.” Pero no, no quiere pensar en ello, no quiere esa imagen de Omar en su mente cuando toque recordarlo en el transcurso de la vida ya sin él; demasiadas horas sin dormir están pasando factura.
La Castellana la toma nada más servida, en dos largos tragos; al café, en cambio, le da un espacio de tiempo, bebiéndolo a sorbos y fumando un nuevo cigarrillo. Aunque no conviene demorarse demasiado: le dijo a la señora Estévez que no tardaría, como si eso a ella la importase. Cuando ya sólo quedan los posos en el fondo del vaso, Héctor aplasta la colilla en el cenicero que la chica puso junto al pedido, deja el vaso sobre la barra y le entrega a la chica unas monedas. Ni siquiera se queda a recibir el cambio; vuelve a subirse el cuello de la americana y sale de la cafetería en dirección al mortuorio número seis.
Cuando entra en la sala, descubre a la señora Estévez llorando otra vez. Llora sin histeria, con una calma que Héctor nunca supondría en sí mismo de encontrarse él en idénticas circunstancias. Tal vez, cuando llegue el momento definitivo de tapar la caja, de echarle el cierre a una vida, la señora Estévez acabe por liberar ya del todo sus emociones y romperse como solamente puede romperse una madre cuyo único hijo ha fallecido; porque su propia existencia, a partir de entonces, ya sólo será el anhelo truncado y el ansia inútil de recuperar esa otra existencia que la pertenecía de manera legítima, una realidad anterior, que ahora parece ficticia, en la que Omar vivía a su lado y no importaba que fueran sólo dos personas en el vasto mundo. Héctor quisiera saber consolarla, sentarse cerca de ella y echarla una mano al hombro, o quizá abrazarla, o al menos decir las frases recurrentes y socorridas en estos casos, los tópicos al uso, “es que no somos nada” y “siempre se van los mejores” y bla, bla, bla; pero cómo hablarle a una madre de la pérdida impagable de su hijo, cómo tratar de explicarle la alianza antagónica, el tácito tratado que él entiende que existe entre la vida y la muerte, menos aún cuando se conocen desde hace tan sólo unas horas. Además, Héctor nunca fue del tipo de dar palmaditas en la espalda por ningún motivo; sus halagos o sus condolencias siempre fueron tan reservadas y cautelosas como cualquiera de sus emociones, de sus sentimientos, incluida su tristeza, que a simple vista parece inexistente dadas las circunstancias. “De todos modos, el llanto es bueno cuando se ocupa de supurar algo en nosotros que no vive en orden. De no ser así, implosionaríamos de alguna manera.” Lo piensa un hombre que no acostumbra a llorar, que lleva casi once horas –once días- contemplando con una estoica entereza el cadáver de su mejor amigo, sin una lágrima, sin una fugaz mueca de dolor.
Al final decide no molestar a la señora Estévez y sentarse en el sillón más cercano a la mampara de hosco cristal donde el muerto no parece el mismo muerto de hace unas horas, al igual que el muerto de hace unas horas no parecía el vivo de hace unos días. Toda la unidad física del difunto está gritando el cambio: la carne, de apariencia fofa y globosa, es en realidad pétrea como el pecho de un dios, mientras que el cabello parece desoxigenado, con una textura como de paja o esparto; y también los labios, que se han amoratado muy ligeramente y se han tensado hasta el punto de que parece que el muerto sonríe, sonríe a Héctor en tanto que éste lucha contra el sueño. El proceso de pudrición, aparentemente imperceptible y retardado por los métodos de conservación utilizados al embalsamar el cadáver, ha comenzado a activar su maquinaria biológica involutiva, a cometer acciones degenerativas, con sus fases solamente visibles a la manera de un amanecer, es decir, cuando alguien contempla la aurora y sucede que parece que no sucede nada, y entonces cierra los ojos y vuelve a abrirlos tras un breve espacio de tiempo, y ahí sí consigue distinguir una evolución plausible del rosa al violeta y luego al azul, todo en una óptica de absoluto sigilo, como de cazador felino acercándose a pausas letales a su codiciada presa. Porque Héctor ha cerrado los ojos, en un momento dado los ha cerrado para paliar el escozor en ellos y contentar momentáneamente a la modorra, pero el instante se amplía y el duermevela entra en vigor, horada por dentro los párpados hasta descender al vértice impreciso del sueño, y aquí Héctor resiste y comprende que se está quedando dormido, y entonces se sobresalta y abre de golpe los ojos y emerge otra vez a la sala, con la vista siempre dirigida a la mampara de cristal donde su amigo ha vuelto a cambiar un poco, lo mismo que ese amanecer que sucede fuera de la sala. Aunque no es ni será la única tentativa del sueño: más pronto que tarde, Héctor volverá a cerrar los ojos (involuntariamente esta vez), y ya no se dará ese retroceso de antes, sino que sus energías malogradas sucumbirán al abrazo afelpado del sueño, y Héctor podrá dormir al menos una hora, exactamente hasta que dos hombres trajeados como guardaespaldas vengan a recoger el ataúd para llevarlo a la pequeña parroquia que hay un poco más allá de los mortuorios, en sentido contrario a la cafetería, y posteriormente, después de la misa breve e insulsa, a la suite mortuoria que a la pobre señora Estévez la estará costando no pocas mensualidades.
Lo despierta un trajín de personas que andan de acá para allá, entrando y saliendo de la sala; un rumor plañidero, de gente que llora o conversa a media voz, que va empujando la gasa del sueño hasta conseguir desgarrarla. Héctor abre los ojos: vuelve a encontrarse en el interior de materiales nobles del mortuorio número seis. Y sin embargo, no entiende de dónde ha salido tanta gente, y tampoco recuerda ese ángulo de la sala, con la señora Estévez frente a él y, sentado a su lado, un desconocido al que no consigue verle la cara; una de tantas personas que han acudido a última hora. (Después de todo, Omar y su madre no estaban tan solos como Héctor pensaba.) Juraría que antes de quedarse dormido se encontraba ubicado frente a la mampara, arrellanado en el sillón de piel caoba más cercano a ésta, quedando la señora Estévez contiguamente a su derecha y una pared color crema a su izquierda. Pareciera como si la minúscula habitación tras el grueso cristal donde se expone a los difuntos (el ataúd inclinado levemente hacia delante para que los espectadores, familiares y amigos, puedan reflejarse largamente en el espejo terrible y asuman de a poco la fugacidad de sus vidas) se hubiera trasladado lo mismo que se traslada un mueble. Héctor piensa que esa confusión puede deberse a que ha despertado de un sueño breve pero muy profundo de apenas una hora –y ahora sí es una hora y no un día; el tiempo ha vuelto a normalizarse-, o incluso a la oblicuidad de la luz que ahora penetra en la sala, despunte al fin del día vertiendo una conclusión, un ansiado desenlace en esa noche que a Héctor se le antojaba infinita.
Sabe, por la luz que ahora se filtra, que son cerca de las nueve, que muy pronto vendrán para llevarse a Omar y oficiar la ceremonia. Aun así necesita saber la hora exacta, cuántos minutos de tregua le quedan antes de que deba sostener a la señora Estévez y, tal vez, rescatarla de los brazos del desmayo. Pero la mano, la extremidad entera no responde, las órdenes de su cerebro no llegan hasta la muñeca, que debiera girar un poco para mostrar el Lotus. Desconcertado, convencido con la posibilidad de que el brazo se le haya quedado dormido por una mala postura durante el sueño, decide que sea la cabeza la que gire hacia la muñeca y no al revés. Tampoco responde. De hecho, todo su cuerpo está paralizado, a excepción de sus ojos. Trata de mirar hacia sus manos: no puede verlas; solamente alcanza a ver la continuidad del resto de su cuerpo a partir de éstas, que Héctor las recuerda cruzadas sobre el vientre antes de quedarse dormido. De todas formas, su cuerpo no es más que un bulto blanco repleto de pliegues, porque una sábana le cubre desde los pies hasta los hombros; nota la presión de la tela ciñéndose al ancho y largo de su tronco inmóvil, de toda su envergadura, que se recorta contra un material color caoba, aunque no es la piel hospitalaria del sillón en el que se quedó dormido, sino algo mucho más consistente. Es entonces cuando comprende que está dentro de un ataúd. No un ataúd cualquiera, sino el ataúd que Omar debiera estar ocupando, como antes de que Héctor se quedase dormido.
Algo en lo más profundo de él le otorga la dolorosa certeza de saber que no está soñando. Las preguntas evidentes que lo asaltan (¿Qué hace él ahí dentro?; ¿Dónde está el cuerpo de su amigo?; ¿Por qué se han llevado el cuerpo y con qué fines, y por qué lo han sustituido por el suyo?) no le permiten mantener la sangre fría ni pensar con claridad. Trata de mover su cuerpo convulsivamente, se da una ansiedad extrema por zafarse de la mortaja opresora, por saltar del receptáculo de la caja y echar a correr. Pero hacia dónde, si la puerta debe estar cerrada seguramente con llave –es improbable que sea tan fácil acceder a los difuntos- y la mampara de cristal debe tener un grosor a prueba de balas. Además, nada de esto es posible: su cuerpo continúa inmóvil, petrificado por la parálisis y por esa especie de crisálida para muertos que lo cubre; puede sentir la enorme presión que ejerce la sábana ceñida a su cuerpo desnudo –Héctor sabe que está desnudo, siente esa soltura de la piel liberada de ropa, sobre todo a la altura de los genitales- y el forraje de raso del interior del ataúd, acariciando el cabello, en la nuca y en las orejas a ambos lados de la cabeza. Sus pensamientos suceden desesperados, cerriles, en círculo: convulsionarse, zafarse de la mortaja, saltar del ataúd, correr hacia dónde, la puerta cerrada y la mampara de cristal, imposible escapatoria, la puerta cerrada y la mampara de cristal, imposible escapatoria, la puerta cerrada y la mampara de cristal… y la señora Estévez al otro lado de ella, tan pendiente de los restos mortales de su hijo en esos últimos minutos, siempre centinela del escaparate, del espejo terrible, a la espera de que la arranquen de su vástago, bendita señora Estévez. Héctor quiere gritar, llamar su atención a toda costa; algún sonido lo suficientemente elevado debería poder filtrarse por las junturas de silicona de la mampara. Pero la garganta ha perdido la emisión, la boca permanece también inmóvil y sellada, y ahora Héctor se da cuenta de que tiene algo dentro de ella, un cuerpo extraño, como de pelusa, que le toca la lengua en algunos puntos; probablemente algodón que han colocado allí, estratégicamente o puede que con fines estéticos, a ambos lados del interior de los carrillos, los maquilladores de la funeraria. De todas formas, es inminente que la señora Estévez acabe por percatarse del error. Porque tiene que ser un error, aunque esta esperanza (que no es certeza en absoluto) conduce a Héctor a pensar otra vez en el destino que haya podido sufrir el cuerpo de su amigo.
La señora Estévez no mira ahora; permanece sentada en el mismo lugar con la cara entre las manos, ademán inconfundible de un llanto sordo y prolongado. El desconocido está inclinado hacia ella, vuelto a medias de espaldas, y la sostiene por los hombros contra su cuerpo, consolándola. De a poco, el llanto de la señora Estévez va agravándose. Héctor lo sabe por la agitación de su cuerpo, síncope del hipo ansioso que surge de un llanto histérico, incontrolable. Esto indica, sin lugar a dudas, que ya vienen a buscarlo, que los empleados del tanatorio ya están disponiéndolo todo para el entierro y ya se acercan. Casi no tiene tiempo de pensarlo, cuando oye un descorrer de cerrojos en la puerta metálica que recuerda a la izquierda de la minúscula habitación, aunque ahora, del otro lado de la mampara, la intuye inmediatamente a su derecha sin llegar a verla por su horizontalidad de muerto y su inmovilidad. Oye pisadas dentro de la habitación, ve faldones de trajes negros y piernas embutidas en pantalones de vestir del mismo color. Ninguno de los empleados se digna a inclinarse frente a él, ninguno de ellos se percata de que Héctor tiene los ojos abiertos. Los escucha coger la tapa del ataúd, que recuerda apoyada contra la pared del fondo, junto con la corona de flores que él mismo compró sin mucha convicción puesto que su amigo sostenía que las flores hay que regalarlas en vida. Héctor intenta de nuevo liberarse, dar señales de vida desesperadamente, ahora con más ahínco. Siendo los ojos la única parte de su anatomía que puede mover, se limita a abrirlos como platos para ver si así se percatan los empleados, la señora Estévez o cualquiera de los asistentes a última hora. Ninguno mira, todos parecen ignorar, más aún la señora Estévez sumida en ese llanto desesperado, velados los ojos por las lágrimas, que la impiden ver cómo le arrebatan a su supuesto hijo. Vislumbrando la esperanza, el final lógico que acabe con esa situación absurda y terrorífica, el desconocido que sujeta a la señora Estévez gira la cabeza y su mirada y la mirada de Héctor se encuentran. Entonces Héctor se topa de frente, otra vez, con el espejo terrible: el rostro de Omar se le aparece como antes de que muriera, el rostro de Omar Ayala Estévez, el difunto, su mejor amigo, el mismo que sostiene a su madre en último momento y sonríe a Héctor un segundo antes de que los empleados tapen la caja.

lunes, 10 de mayo de 2010

El abandonado (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")






Remotamente se dice la noche
como tu nombre,
sobre las horas vencidas del día
que es necesario olvidar
una vez atravesados los postigos de la luz,
con cuidado de lobos
si el invierno ya agrede las ventanas,
precaución de mencionar aquello
que tan cinerariamente te define,
una vez más te margina aquí,
en mi pecho, donde se dice la noche
y la madrugada se dice
con estrellas en desorden.


          Se dice la noche
          pero tu voz se halla lejos...
          Y yo soy perito en humo:
          la leche de madre,
          la empalagosa esquirla
          finta y me rodea
          como yo te rodeo
          sólo con palabras,
          intangible maldita
          del lado de mi cama
          donde yo ya no duermo.

domingo, 9 de mayo de 2010

Preámbulo a un libro de amor (de "El libro de Dalila") (Texto de Raúl Viso. Dibujo de Luis García.)






Dalila, pequeña mía, pájaro fascinado de todas las cosas y libre, sol de mis profundidades. Varadero de ternura, incorrupta sonrisa que disgrega el nihilismo adulto en que consisto y que acaso me vincula al propio descreimiento del mundo que conquistas paso a paso y que aún no te ha inoculado su desgana. Obra mía. Sí, sobre todo obra mía: yo, que carezco de talento, que en la torpeza perpetua que rige el ejercicio de mis manos cualquier sencillo oficio se hizo guerra, cualquier vana tarea transmutó a desastre, cualquier pan amasado por mí causó hambre... Dalila. Obra mía, hija mía.
Todo este principio y balbuceo nabokoviano para qué, para llegar a qué, para venir de dónde. (Desde ti hasta ti, siempre -y tiras porque te toca.) Para decirte, para decirme qué. Pero es que cada vez que abro un nuevo cuaderno se inaugura un mundo, mil mundos, un universo, un multiverso, y se instaura un nuevo plazo, una tregua intocada aún por la hegemonía despiadada de las palabras, que esclavizan a quienes no saben callarlas a tiempo y convierten en pusilánimes a quienes a tiempo no saben declamarlas, arma de ritmo, respiración y doble filo. No obstante duele, quema, lacera la blancura lineal o la cuadrícula vacía de ese cuaderno no estrenado aún; las minúsculas celdas que sugieren las líneas o las cuadrículas exigen una cuerda sintáctica de presos o una captura de animales, de bestias retóricas, un colmarse de algo, o tal vez una desaparición o un desvanecimiento entre los trazos. "La lucha del narrador contra la nada." (Julio Cortázar)
Muy al principio me rondó la idea del diario. (Todos aquellos que hemos hecho o hemos tratado de hacer carrera del insomnio, todos aquellos que hemos dado un orden poco fiable al desorden del desvelo, a la funesta gotera de la vigilia, hemos sentido alguna vez la tentación -¡casi iba a decir la necesidad!- de escribir un diario, forma limada de escritura o literatura de alcoba donde uno pueda desprenderse del lastre profesional de la ejemplaridad en el texto, donde uno pueda ser banal e intrascendente, superficial y hasta patético, simple y soez como un eructo, sin nudos ni metáforas -que dijo el poeta (José Ángel Valente)-; donde uno pueda ejercer su derecho a escribir, literalmente, como un pato.) No aspira éste, ni mucho menos, a ser un libro a incluir entre los grandes volúmenes de la literatura universal, pero de todos modos ya luego pensé en las fechas en cabeza de página, en esas efemérides que a nada trascienden ni nada homenajean (excepto, claro, el haber hablado en él de ti o el haber respirado un día más, que ya es mucho, o demasiado, o milagroso), y me abrumó el tener que ser tan demudadamente explícito.


"Debiéramos tal vez
reescribir despacio nuestras vidas,
hacer en ellas cambios de latitud y fechas,
borrar de nuestros rostros en el álbum materno
toda noticia de nosotros mismos.


Debiéramos dejar falsos testigos,
perfiles maquillados,
huellas rotas,
irredentas partidas bautismales."

(De nuevo José Ángel Valente. Fragmento de su poema Criptomemorias.)


Después, como de costumbre, se abalanzó sobre mí el jaguar terrible que hay siempre acechando hasta en la poesía más mediocre, y ya entonces pensé y me dije que un nombre como el tuyo, como el de tu madre, debería pronunciarse en forma de verbo y verso encadenados a una música, pero también debería poder explicarse en forma de textos que, por su extensión y modo, me permitan resarcirme de esto que me escuece y me deleita amándote. Al final me saldrá una maraña, una melopea de palabras que nunca alcanzarán del todo para decirte qué, para decirme qué, ahora cuando estoy pariendo el prólogo del libro que todavía no he escrito. Un almanaque es lo que acabará yendo a tus manos, un zodíaco de sentimientos previsibles en un padre, con frases rescatadas entre café y cigarrillos, palabras quizá excesivas y versos que, por más que lo intento -y aunque hablen del sol que regirá tus días-, siempre me salen nocturnos.
Y aquí tu nombre. Y aquí estos versos, estas frases, estos textos con noche entre las líneas. Y aquí cantar ahora a tu vida entera, a tu alma inmortal que juega con los tigres de la infancia y se asombra con la luna, porque lo demás no importa -mi vida ni la ruina que compuse de ella ni sus musas cuestionables, ni tan siquiera mi pelea constante contra mí mismo-; elevar a obra o cima tu amor nunca sobornable, la estrella de verano que arde en tu risa, el cereal que raptaron los bucles de tu pelo; decirte en definitiva, culminarte en una o mil o mil y una frases... Y aun cuando eso es tarea imposible. Lo demás no importa: no importa el dolor, si no es a veces tu despecho el que me lo provoca; no importa la ufanía de la muerte, el miedo que siempre la tuve, si no fuera porque un día habrás de perderme; no importa el bien que hiciera a otros, si contigo no tuve un día paciencia; no creo que importen los errores, por mayores que fueran, si tú te convertiste en el único acierto.

sábado, 8 de mayo de 2010

Desdén de las cunetas (poema de apertura del poemario "Desdén de las cunetas")

Sabrás ahora, ingobernable,
cuando al fin la calma ha deslucido tus latidos,
cuando ha degenerado a silencios peligrosos
     tu autoestima,
                              que hubo un tiempo en que viviste
como otros viven -equivocado, siempre arriba,
ebrio del poder que idiotiza a los vulgares
y negándote a esas leyes de la física que advierten
que todo lo que sube, afortunadamente,
tiene que bajar sin miramientos-,
y deseaste, y perdiste
como siempre que se espera demasiado
de la vida y de sus logros.


Luego de comprobar la distancia cenital
de la caída, luego
de besar el suelo sin amor ya ni vocación
de amar siquiera, sin territorio propio
pero dueño al fin de la ruina de tu vida,
volviste a ser el fantasma de los puertos secos,
el polizón otra vez de los almacenes sórdidos, polígonos
que anuncian a los pueblos y ciudades
quietos como orillas sucias
                                             -márgenes
para un río de asfalto-
a ambos lados de la Autovía del Nordeste.


Nada te quedaba y te quedaba, sin embargo,
el desdén de las cunetas, polvo
congregado en los arcenes, errores
que se convierten en pasos tan cruciales
que casi se da gracias por haberlos cometido,
la idea de la fuga espoleando el corazón
con la ansiedad acérrima de lo que casi se tuvo,
de lo que se perdió, de lo que pudo ser
     y no fue,
                        así en el amor
como en cualquier otra lucha.

viernes, 7 de mayo de 2010

"No cicatrizable" (3)

Te incluiré en un poemario mío,
te alzaré de entre las vueltas de algún verso
que me ronda la cabeza y no germina.
Serás acaso épica y eterna, inmediata,
taimada como algún secreto inconfesable
o fría y distante en la suma de los días,
incierta en las frases que te aniden,
nunca criatura errabunda paciendo el alimento oscuro
del olvido.


                                Mi signo será tal vez
recuperarte, no forzar la execrable desmemoria
que hizo jirones de las señales
que llenaron mis poros con tu boca,
sentida impronta de tu amor atribulado.


Y ahora te busco para arrendarte en mis letras,
te incluyo en alguna métrica sin sueño,
te concluyo en esta noche de diccionario
que perpetra mi ser sin ser tuyo,
te involucro casta o te invento lo mismo
que se inventan algunas vanas esperanzas.

jueves, 6 de mayo de 2010

"No cicatrizable" (2)

"Y por el mar oscuro
me buscaba
como antes
cuando aún no existías."

PABLO NERUDA, La noche en la isla




Lo que recuerdo de mí
antes de ti,
el niño anterior a tu estatura
y tu prodigio,
                                        hijo del miedo al ridículo
al que la infancia sorprendió visitando
falsos amores venidos
de ningún remite...
                                               Y crucé
desapercibido por las deshoras,
y sólo retuve
algunos veranos ahora tan remotos
como nuestros pasos.


Antes de ti no tuve palabras,
avispas ni dardos ni reservas ni reproches
que liberar en las noches de nunca.
No pedía el amor mi boca,
mi marginal boca entonces,
antes de ti.
                          Ni el mar existía
ni un antelatido suyo:
era un recuerdo no sucedido,
una extensión sin espacio
donde apoyar la tristeza que me conoces
y tú recobraste para mi oficio poético
y me entregaste
como una gratitud sin palabras.


Antes de ti quise perder,
abandonarme a los celajes,
a los últimos horizontes,
a una resolución de olvido puro
que no mencionase el amor,
su signo, ni su regresión dolorosa,
como yo ahora en estas páginas
después de ti.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Morfología del gotelé (Texto de Raúl Viso y pintura, "Escondite de tela", de Sonia Padilla)

Estamos tan insensibilizados que la violencia es irrelevante.

MARILYN MANSON



Acuarela Escondite de tela, de Sonia Padilla


Ahora mi madre va a gritar mi nombre desde la cocina y va a decirme que es la última vez que me dice que me levante. Lo sé porque su conducta es siempre la misma todas las mañanas, cada vez que suena mi despertador a las siete en punto y yo hago como que no he oído, me repliego en el cálido embozo como un animal acosado en el interior de su madriguera, protegido del frío que va apoderándose de las estancias del piso a medida que octubre llega a su fin, a salvo por el momento de las cansinas ceremonias de la rutina y del terror que me produce tener que asistir al instituto un día más, y entonces amoldo mi jeta dolorida (aunque no magullada; de ser así, mi madre me cosería a preguntas) a la hendidura hospitalaria de la almohada, esperando poder disfrutar de esos pocos minutos de tregua que me quedan.

Tres... dos... uno... Ahí va:

-¡Es la última vez que te lo repito, Gabriel! ¡Levántate, que vas a llegar tarde al instituto!

Pero aún no hay de qué alarmarse (pese a que mi madre haya utilizado mi nombre completo, Gabriel, en vez del diminutivo Gabi, de menos seriedad, mucho más amigable, que ella usa siempre que se encuentra de buen humor tal vez porque me he comportado "como Dios quiere y manda"); todavía tendrá que reiterarme su insoportable letanía unas cuantas veces más, hasta que al fin venga a buscarme al dormitorio y corra las cortinas y abra la persiana de un golpe, con un movimiento brusco de impaciencia y ofuscación, sin importarle en absoluto -o ignorando el hecho- que tras la ventana ya no haya luz hiriente que pueda desvelarme, puesto que el otoño ya se ha asentado y ahora ya no amanece tan temprano. Entonces, estoy seguro, encenderá la luz y tirará de la ropa de cama para que yo quede expuesto al frío de afuera del embozo, que debería quitarme la pereza a bofetadas, lo mismo que cuando mis compañeros de clase tratan de convencerme, en los descansos que hay entre clase y clase o en el recreo, de que el mejor remedio para el frío es un buen par de collejas, y yo accedo a que me las den y ellos se creen que me engañan (pero no es así; lo que ocurre es que tengo que dejarles hacer, tengo que dejarles que me peguen un poco porque, de lo contrario, me golpearían lo mismo pero más fuerte y durante más rato y con más saña, y a saber cuándo pararían), y se dividen en dos filas paralelas para que yo pase justo por en medio, las manos alzadas, abiertas y tensas, ansiosas, enrojecidas de frío, un poco entumecidas de manipular el hielo sucio de los charcos congelados que ellos utilizan para metérmelo por el cuello del jersey, y yo paso corriendo entre las dos filas para que la lluvia de pescozones sea lo más breve posible, aunque, en algún momento que nunca consigo prever con suficiente antelación, las manos se cierra convirtiéndose en puños crispados que caen a plomo sobre mi torpe envergadura y me derriban.

Lo que mi madre no sabe es que, casi todas las mañanas, yo ya estoy despierto desde mucho antes de que suenen su despertador o el mío: la oigo levantarse con una hora de antelación para darse una ducha, para concederse un café con leche a solas consigo misma y poder prepararme el desayuno sin prisas ni sobresaltos. Entretanto, yo permanezco en la cama, en silencio, atento a sus ruidosos movimientos por toda la cocina e incapaz de volver a dormirme porque me atormenta la idea de que, en cuanto cierre los ojos y apenas haya comenzado a retomar el sueño, sonará el fastidioso pitido del despertador y tendré que cumplir con los rituales de todos los días, tendré que cumplir con el calendario escolar, que me conduce cíclicamente de la clase de matemáticas a la de educación física, de los vestuarios del gimnasio al botiquín, y allí el conserje me pregunta mientras me cura las magulladuras y yo le miento o no le respondo porque tengo miedo de que me traten de chivato y tomen represalias... Sé que no serviría de nada rogarle a mi madre o andar inventando excusas (Hoy no, mamá, por favor, me duele mucho la tripa, no me hagas ir a clase hoy...), porque las buenas madres como ella parece que vinieran equipadas con un detector diminuto y muy sofisticado, instalado estratégicamente entre los ventrículos derecho e izquierdo del corazón, que les permite saber en todo momento cuándo mentimos los hijos. Así que lo único que se puede hacer es apurar el tiempo, subirse el embozo a la altura de la nariz, girarse en la cama hacia el lado de la pared y contemplar el gotelé, su asombrosa morfología, cada minúscula gotita de pintura apretada contra tantas otras minúsculas gotitas de pintura que quisieran ser otra cosa; porque atienden a la misma necesidad de las nubes, de las manchas de humedad, de las rocas erosionadas donde embiste el océano, de cualquier cosa amorfa e innumerable, tratando de escapar de su aspecto no definido mediante la imitación de formas ajenas, siendo así que una nube es una nube -o una gotita de pintura es una gotita de pintura- pero también un perro o un unicornio.

Cuando era más pequeño solía quedarme dormido mediante este método de contemplar el comportamiento metamórfico del gotelé: me giraba en la cama hacia el lado de la pared y escogía una gota al azar de entre tantas gotas aparentemente idénticas, y ahí era que la gota que había elegido mutaba en la silueta de una jirafa tratando de alcanzar los brotes más altos, por ejemplo, o en un galgo a la carrera, y en ningún momento se podía perder de vista a la gota porque si no se confundía con las otras gotas aparentemente idénticas, y en ese instante preciso de distracción la jirafa o el galgo aprovechaban para escapar del asedio de mi mirada, aunque entonces un tigre de musculatura poderosa -otra gota- se cruzaba en mi perímetro visual, uniéndose al juego, como suspendido en la pared y detenido en esa pose elegante que me permitía imaginar colores y detalles, el glamuroso abrigo de su pelaje rayado, la erótica felina de sus movimientos, su cara alzada y su caminar lento y seguro de príncipe orgulloso, malcriado, hasta que volvía a perder de vista a la gota y otra nueva la sustituía con otra nueva forma animal.

Con el tiempo han cambiado dos cosas en mi manera de contemplar el gotelé: la primera es que ahora lo contemplo al despertarme, no al dormirme; la segunda, que ahora raramente se me aparecen siluetas zoológicas: las formas que adquieren las gotas hoy en día son tan humanas que me producen como un principio de náusea, y aluden a una cotidianidad cíclica, obsesiva, cuando no terrorífica.

-¿Pero cuántas veces te lo voy a tener que repetir, hijo? ¡Que te levantes, coño!

Mi madre ha soltado una palabrota; un aviso más y vendrá como una energúmena hacia mi dormitorio para sacarme de la cama, si es necesario, con sus propias manos. Con sus gritos me ha hecho perder la gota que ya tenía cogida con la mirada, un chaval con una pesada mochila a la espalda que parecía como ladeado, como si quisiera echar a correr y el peso de la mochila no le permitiese libertad de movimientos. Casi enseguida se me aparece otra gota que hace que me olvide de mi madre, de sus gritos y advertencias, del fastidio de tener que madrugar e ir al instituto, aunque curiosamente esta nueva gota se parece mucho a las instalaciones a las que acudo cada mañana ya sin dignidad alguna: el tejado a dos aguas similar, dos diminutas hebras de pintura que imitan dos columnas que bien podrían ser las que sostienen el porche que hay a la entrada del edificio de dirección, a donde siempre me dirige algún profesor cada vez que me agreden, agasajándome con promesas incumplidas de que nunca más va a ocurrir... No he podido evitar mirar una gota que hay al lado de la que se asemeja a mi instituto, y resulta que es la del chaval de la mochila -el muy mamón: estaba ahí, agazapado, escondido entre dos gotas tan perfectamente esféricas que es casi imposible que surja alguna figura de ellas, quizá temeroso de que mis ojos lo hayan vuelto a descubrir-; o no, o tal vez es una gota muy parecida, una que también presume la silueta de un chaval con un pesado fardo, porque éste no corre o trata de correr, sino que parece arrodillado, con la cabeza hundida entre los hombros, como si al fin lo hubiera doblegado el peso de su espalda y mirase al suelo de manera derrotista. Justo encima del chaval distingo un goterón enorme, voluminoso, casi tan grande incluso que la gota que se asemeja a mi instituto, con diversas salpicaduras adheridas a su contorno -sin duda un error al ajustar la cantidad de pintura en el tiro de la pistola que los pintores utilizan para aplicar el gotelé, o quizá un grumo no lo suficientemente espeso para quedarse atascado en el orificio de salida; lo sé porque fue mi padre quien pintó las paredes de este piso-, que se me parece a una turba, a una multitud ansiosa y amotinada. Parecen esperar una señal que los anime a lanzarse contra algo o alguien.

Pero la que va a lanzarse de un momento a otro es mi madre, que hace ya un buen rato que me ha dado el último aviso. Ha maldecido y ha dicho algo acerca de quedarme leyendo hasta tan tarde, pero no me he enterado muy bien porque me he quedado ensimismado mirando una gota muy peculiar, considerablemente diferente en comparación a las otras, que padece como un apéndice, una larga hebra de salpicadura rodeando todo su contorno, a la cual están sujetas otras hebras menores, delgadas y minúsculas, que se acercan al centro, a la masa de la gota originaria, del mismo modo que los hilos de una telaraña se acercan o se alejan unidos al epicentro de la misma. Es una gota complicada en su construcción azarosa, casi se diría que orgullosa de ser diferente y, por lo tanto, reacia a adquirir otro aspecto que no sea el suyo propio: por un momento soy incapaz de distinguir en ella a la multitud de antes rodeando al chaval arrodillado. Y de pronto, pegadas a la enrevesada ramificación de hebras que brotan de la hebra principal que surge de la gota -¡madre mía, qué vértigo-, distingo minúsculas salpicaduras, gotitas ínfimas cercanas a resultar casi microscópicas, puntitos apenas visibles que se asemejan a piernas y puños, a extremidades que se estiran para alcanzar algo, quizá para pisotear o golpear. Y entonces comprendo: veo la gota que representa al chaval de la mochila -o no, o tal vez sea otra gota- como aplanada ahora, porque ya no está de rodillas sino tumbado, y las hebras que son la multitud parecen congregarse entorno a él, arracimarse hasta casi el punto de taparlo, de engullirlo, de ocultarlo en el trajín de un linchamiento, igual que un grupo de leonas que se abalanzase sobre una cebra (en los documentales de vida salvaje que tanto me gusta ver en la tele), y la cebra fuera abatida y desapareciese entre nubes de polvo de la sabana y un escándalo gutural de depredadores hambrientos. Y ya luego no consigo ver al chaval de la mochila, y sólo veo a la muchedumbre congregada.

Tal como yo había previsto, mi madre ha entrado al dormitorio con cara de muy pocos amigos, ha encendido la luz y se ha dirigido a la ventana. La pobre siempre está tan atareada, tan concentrada en sus quehaceres domésticos, que nunca se percata de los cambios característicos de luz y clima de cada estación del año; pese a la falta de claridad en el piso no recuerda que a esa hora, y tan adentrados ya en esta época, el día aún no acaba de abrirse. Pero ella corre las cortinas y sube la persiana con brusquedad, diciendo mi nombre en voz muy alta, y cuando descubre la noche ya no tan cerrada tras los cristales (pero aún noche al fin y al cabo) hay un gesto de decepción en su cara no exento de cierta comicidad. Con ese mismo un tanto amortiguado, se sienta a los pies de mi cama y me zarandea y me dice que me despierte -y ella sabe que yo estoy despierto y yo sé que ella sabe que yo lo sé-, y entonces abandono mi juego y me giro en la cama para mirarla directamente a los ojos, y la ruego y la suplico con la mirada velada de terror por lo que acabo de presenciar, y la digo desesperado: "Hoy no, mamá, por favor, me duele mucho la tripa, no me hagas ir al colegio hoy..." Y sé que no consigo engañarla, del mismo modo que no consiguen engañarme mis compañeros de clase aunque ellos crean que me engañan, que no servirá una mentira o un pretexto con ella para permitirme eludir mis responsabilidades, y enseguida vendrán los gritos y los "no hay excusas", y las sábanas, la manta, el edredón, acabarán tirados por el suelo de mi cuarto, y el frío ya tan próximo al duro invierno de mi ciudad sobreviniéndome, calándome de a poco los huesos, subiéndome desde las ingles hasta más arriba del ombligo con una humedad gélida y pegajosa porque me he meado encima.

Mi madre se enfadará muchísimo -más aún que cuando no quiero levantarme- e incluso puede que se avergüence de mí en su fuero interno, y me cogerá de un brazo para sacarme de la cama de un tirón, aunque ya casi la sobrepaso en altura. Ya se inclina, ya viene a por mí: alarga un brazo hacia uno de mis hombros, y su mano cuidada y femenina, aun a pesar del maltrato diario que sufre por las ingratas tareas del hogar, se cierra como una pinza arrebujando la chaquetilla de mi pijama. Pero entonces la mano se detiene, vuelve a abrirse, a relajarse, y se alza hasta mi cara y la acaricia con una ternura indecible.

-Está bien, Gabi, quédate durmiendo. Tampoco se va a acabar el mundo si pierdes un día de clase. ¿Qué te parece si desayunas mientras yo cambio las sábanas y arreglo este desastre? Luego puedes echarte otra vez y dormir hasta tarde, si te apetece.

Pero casi no oigo sus últimas palabras, porque otra vez me he quedado ensimismado con una gota, aunque ésta no es de pintura, sino una gota mucho menos densa, más líquida, transparente, una lágrima no contenida que desciende por la mejilla de mi madre casi paralela a su nariz, dejando una estela con reflejos argénteos desde el lagrimal hasta la barbilla, lo mismo que si un caracol hubiese cruzado por su cara. Comprendo entonces que mi madre llora porque al fin ha comprendido, y por eso ha permitido que no vaya hoy al instituto.