"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 5 de junio de 2015

Poema 23 de "El canto de la tierra", de Alfonso Canales




Y lo defiendo en la amorosa liza,
cuerpo a cuerpo bregando,
e impido que este lecho
de amor se venda a otros postores. Hay
algo de eternidad entre dos pieles
que se ajustan: instantes
que en ningún sitio, nunca
nadie podría repetir. En eso
soy y seré, aunque llueva
olvido, aunque no haya
crónicas que registren lo tanto que te he amado,
compañera de furias
secretas. Estos fundos por siempre serán nuestros.
Otros habrán que crean
registrar a sus nombres
estos espacios. Nunca serán suyos del todo,
pues otro será el tiempo,
y no hay parte que el tiempo no defina
con ahínco. Las sólidas estancias
simulan no mudarse. Pero la tierra muda
de lugar. Desvestidos
de paredes, los ámbitos
nuestros están guardando nuestro abrazo,
nuestro amor, para siempre.



(OJALÁ ME HUBIESES ALCANZADO UN LÁPIZ...)



viernes, 29 de mayo de 2015

Gredos



Sus lágrimas eran refractarias y evasivas, pero ella no sabía que yo ya estaba despidiéndome. 

Llevo aún en la mejilla la calidez del beso que tu madre me diera para acompañarme en esta etapa, ignorando que ya cumplo solo mi viaje. Pudiera haber sido tu beso a su misma edad; pudiera también haberte venerado a sus años, si hubieras querido o necesitado envejecer a mi lado. Al menos en sus ojos intuí los tuyos, al menos tuve un vívido atisbo de un futuro apócrifo contigo, y fui feliz en esa visión en que me cerrabas los ojos al morir y acariciabas a la gata que maullaba sobre mi pecho manso, colmado de una vida contigo. No, no es suficiente; qué parco resultado. Pero basta para un poema que mi impericia ha tornado en prosa apátrida.

Muy pronto Gredos se fugará en la ventanilla de mi coche. Todo paisaje se desliza con fulgor en esta mañana radiante, pero yo no atiendo a sus prodigios más que para compararlos con el prodigio de los ojos de tu madre. Su beso me ha nombrado hijo suyo: me siento hombre por primera vez en mucho tiempo. No es casual que haya hecho este alto en el camino, ni que me haya detenido en la vieja casa que mira los atardeceres desde la carretera. Ella no sabía que venía a despedirme, pero sus lágrimas eran refractarias y evasivas. "Hace un año ya", me dijo; pero, en el picnic que preparo ahora solo en la presa natural de La Pinara, el niño que te buscó para mirarte furtivamente las bragas sigue llorando al pie de una fuente, perdido, sin moneda para pedir un último deseo.

Si ambos compartimos los territorios del lobo, nuestra infancia de duelos postergados, la olorosa especia de los pinares con venero de vida para los veranos... Ahora voy solo por esta carretera; localizo en el cielo un águila batiente y no tengo a quien mostrársela. Quiero conducir y no quiero; quiero huir de estas coordenadas pero no me atrevo a abandonar el árbol en el que nunca grabamos nuestros nombres. 

No hallaré el mar en la próxima curva. Algo más valioso, sin embargo, me acompaña en esta etapa. 




jueves, 28 de mayo de 2015

Deudas pendientes




Me debo a mí mismo no proclamar mi dolor,
objetar de esas úlceras
de la hueca promesa y el pudo haber sido,
solventar con estoicismo y al fin celebrarme,
sabedor del amor del que me siento capaz.


Me debo un mar que no haga retornar los cuerpos,
un cinismo mayor
que el de aquél que entiende que el orgullo
pasa por afilar la daga de la soberbia,
una serena mañana en el centro
desencuadernando el mes de mayo con sus trinos.


El tabaco de mi voz dice: "Soy",
y me siento cierto en mi incertidumbre,
calmo en mitad de esta desolación
de haber tolerado lo intolerable
tapiando el cielo limpio con sus ojos.


Me debo a mí mismo no arrepentirme,
reconocerme en mi logro de no ser igual,
nunca concretarme en tanta renuncia
de quien ignora su adicción a la tragedia
como una adolescente que se abre las venas
solamente por llamar la atención.


El orujo de mi voz dice: "Puedo".
Me debo a mí mismo no proclamar mi dolor.

viernes, 22 de mayo de 2015

Vientos de cambio




Las viejas fórmulas no sirven para siempre, los antiguos hábitos pueden acabar por no ser tan saludables como creíamos, las convicciones férreas alguna vez habrán de verse diezmadas por las circunstancias, y la única certeza en esta vida que merece denominarse como tal es la de que toda certeza acaba derrumbándose. No lo digo yo, pese a que he ido comprobando que, a más años cumplo, menos certezas van quedándome en la faltriquera; es el tiempo, enemigo infalible que no tolera ningún farol, quien nos muestra estas cosas y acaba por darle a todo su más depurado significado, para bien o para mal. Lo que dijimos ayer no vale para hoy, y hay que ser muy idiota para reconocerse en la persona que aparece inmutable en esas fotografías nuestras de hace veinte, quince, cinco años. Todo fluye, todo pasa, decían los presocráticos. Y es necesario que así sea. 

Hace no mucho me quejaba de que mi vida no hubiera tenido nunca cierta estabilidad, algún punto de equilibrio en el que habitar sin excesivos éxitos que pudieran volverme altivo ni grandes desgracias que no me permitieran resurgir. Cambio tras cambio, sin apenas tregua, sin poder hacer un alto en el camino para poder admirar el paisaje, maldecía mi suerte por no haber tenido una vida más o menos estática, serena, apacible en su seguridad. Ahora sé, sin embargo -o creo saber, malditas certezas-, que esa seguridad es endeble y falsaria, y que es necesario someterse a constantes cambios para poder ir a la par de un mundo que nunca deja de girar, ya faltes o no en él. Es mejor caminar, es mejor desgarrar la frágil membrana de nuestra crisálida cuanto antes, porque el mundo real espera afuera y no se detiene por nada ni por nadie, y poco le importará que seas gusano o mariposa, sino lo que puedes hacer y lograr con las características propias de uno u otra. Hoy sé -al menos lo sé hoy, en este presente, aunque es probable que este aprendizaje ya no me sirva para el futuro, o no me sirva del todo- que debo ponerme a favor de los vientos del cambio. En esencia debo ser el mismo, confiar en mis códigos personales aunque no siempre funcionen, conservar ciertos rasgos de mi carácter que han causado bien a otros o a mí mismo; pero se hace necesario desbastarme como a un mueble viejo que un artesano puliese, desprenderme de aristas y rencores, no involucrarme en el lastre del pudo ser y no fue, usar mi orgullo como una fuerza benefactora que espoleé mi motivación y no como un arma de ciega soberbia. Porque ése es el único pecado, de los siete capitales, que no me atrae cometer.

Mañana es jornada de reflexión, y aunque haya algunos que crean que la reflexión pasa por ser un estado inamovible de relax perpetuo en el que los problemas desaparecen sólo con no enfrentarlos, se hace imprescindible pensar qué coño va a ocurrir en las urnas. Yo ya tengo mi voto, y sé que dudo ahora de él, que dudaré mañana, que dudaré mientras lo esté depositando en la urna y que también lo haré cuando regrese a casa después de haberlo depositado. En contraposición, y para mi alivio durante esas horas en que me encuentre meditando en el intolerable silencio que reina en mi casa, no dudaré de lo que ya no quiero en mi vida ni en mi nación. Lo viejo va perdiendo pie; lo nuevo no tiene por qué ser mejor. Pero el tiempo, que todo lo sabe, nos dará la medida verdadera de nuestras decisiones. Si me he equivocado al tomarlas, él me lo mostrará y yo deberé reconocerlo; si he estado acertado, deberé investirme de humildad y no juzgar a quien haya optado por un voto diferente al mío. De lo contrario, sería un soberbio. Y a mí, de la soberbia, no me gustan ni sus andares. 

lunes, 18 de mayo de 2015

"Jude el oscuro", de Thomas Hardy




Que el maltrato en la pareja no es sólo cosa de hombres es algo que cada vez más personas ya se atreven a decir en voz alta, mujeres incluidas, dejando aparte hipócritas correctismos políticos. Mientras el hombre tiende más a la violencia física para someter a sus semejantes -esposas, novias, compañeros de clase o de trabajo-, la mujer, criatura inteligentísima para bien y para mal, se decanta más por el maltrato psicológico, y ahí están los casos de bullying y mobbing para corroborarlo. Lo asombroso es que, ya en 1895, Thomas Hardy (Higher Bockhampton, Stinsford, 2 de junio de 1840 - Max Gate, 11 de enero de 1928) reflejara de una manera tan concisa y fidedigna la malignidad de algunas mujeres con ínfulas de femme fatal, cuando publicó la polémica novela Jude el oscuro, que le valió innumerables críticas por considerarse inmoral. Hasta tal punto se le lapidó por la publicación de esta novela que, a partir de entonces, el escritor inglés optó por abandonar ese género y dedicarse en exclusiva a la poesía, aunque dos años más tarde publicó La bienamada, que tuvo bastante resonancia aunque se trataba de una novela que había sido escrita diez años atrás.

Sin embargo, y por lo que he podido leer en otras reseñas y otros sitios sobre Jude el oscuro, nadie aborda el tema del maltrato que ejercen algunas mujeres sobre ciertos hombres, no sé si por ese correctismo político del que hablaba en el párrafo anterior o por temor a que se les tilde de machistas. Se alude más a otras cuestiones que se tocan entre sus numerosas páginas, quizá por ser la primera obra de esa época que se atrevió a hablar sin tapujos de sexo, matrimonio y religión. No obstante, y aunque es indudable que estos temas tienen un peso importante en el decurso de la historia que vivirá el protagonista, ya la cita de Esdras que inaugura la primera parte del libro nos da una prueba de lo que encontraremos a continuación: "Sí, son muchos los que se han descarriado por las mujeres y se han convertido en siervos por ellas. Y son muchos también los que han perecido, los que se han extraviado y los que han pecado por las mujeres... ¡Ah, hombres!, ¿cómo no van a ser fuertes las mujeres viendo lo que son capaces de hacer?" Leyendo otras reseñas pareciera que uno ha leído un libro diferente, o bien que ha usado esta entrada para iniciar alguna cruzada personal.

La esperanza del niño Jude Fawley de convertirse en alguien ilustrado pierde pie cuando Phillotson, su profesor, decide abandonar la oscura aldea de Marygreen y trasladarse a Christminster, capital conocida por sus buenos colegios y por su refinado aire académico, donde las luces y el estudio no desentonan y son bien acogidos. Jude sabe que, ausente la única persona lúcida de la aldea, su propósito de llegar a convertirse en la persona que siempre quiso ser se verá reducido a la burla de sus familiares y vecinos, quienes están convencidos que los libros no son algo práctico y que pueda permitir a un hombre tener alimento, techo, mujer e hijos. Erigido contra su voluntad como Quijote de la población, el niño irá convirtiéndose en adulto sin permitirse abandonar su sueño, y para ello decide convertirse en un autodidacta. Y tal vez hubiera sido posible de no cruzarse en su camino la pérfida Arabella, mujer disoluta y caprichosa que utilizará a Jude durante la mayor parte de su vida, aun cuando ya haya dejado hace muchos años de ser su mujer y haya contraído matrimonio en segundas nupcias con otro hombre. Al conjunto también se suma Sue, prima de Jude, con quien mantendrá una relación ilícita y tortuosa, en buena puerta por la forma inconsistente y atribulada que tiene de entregarle su amor al sensible muchacho. Asistimos de esta manera a la destrucción paulatina de un hombre cabal, comprometido y bondadoso, que incluso llegará a perder a sus hijos por los manipuleos continuos a que se verá sometido por las dos mujeres que ha habido en su vida.

 Jude el oscuro es una novela compacta, muy sólida y de prosa limpia, depurada, pero en la que por momentos hay que concentrarse para saber apreciar tramos memorables en sus páginas, como la escalofriante escena en que los hijos de Jude deciden acogerse al suicidio por culpa de las inconsistencias y los vaivenes de Sue. No se dejen amilanar por sus casi seiscientas páginas y sepan apreciar la pericia con que Thomas Hardy elabora la personalidad de cada uno de los personajes que transitan por esta novela entre novelas. Si me permiten un consejo, léansela dos veces; entonces sabrán a ciencia cierta por qué esta obra fue única en su época.



Título: Jude el oscuro

Autor: Thomas Hardy

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 84-663-0819-9

Nº de páginas: 588



viernes, 15 de mayo de 2015

Darse un tiempo



Últimamente, el tiempo se ha convertido para mí en un tema de enorme relevancia. Siempre lo ha sido, a decir verdad, si consideramos mi maniática puntualidad inglesa -una de mis pocas virtudes, si es que gozo de alguna-, mi carácter aprensivo y la excesiva consciencia que tengo de mi fragilidad, de mi levedad y la del resto de seres vivos, cosa que parecen no tener presentes tantas personas que creen que siempre van a ser guapas, jóvenes y dinámicas, o que desdeñan, por pura ignorancia o por propia voluntad, el aprendizaje vital que entraña cada pérdida. Hace no mucho, sin ir más lejos, estuve viendo una entrevista del periodista Iñaki Gabilondo al novelista Arturo Pérez-Reverte, y ambos coincidían en amena charla que el mundo se divide entre dos clases de personas: las que saben que van a morir y las que no.

Pero hoy, después de más de cinco meses -el tiempo otra vez, ese enemigo infalible porque no tolera ningún farol- de baja tras un accidente laboral, no reaparezco en esta malograda bitácora para hacer literatura (aunque inevitablemente, por defecto profesional, acabe haciéndola), ni para reseñar ninguna novedad editorial, ni para hablarles de ningún autor ni asediarles con mis mediocres poemas. Lo que hoy vengo a hacer aquí es una suerte de ejercicio de consultor sentimental, aprovechando las sesiones que he tenido con mi psicóloga últimamente, y hablarles acerca de los pros y los contras sobre darse un tiempo en la pareja. Así que avisados quedan: están a tiempo de cerrar la ventana, dejar de ser seguidores de este blog y poner pies en polvorosa y no volver a asomarse más por aquí. Hoy escribo desde las mismas tripas. Y a quien no le guste, que se peine. 

Le pregunto a mi psicóloga acerca de su opinión sobre darse un tiempo en la pareja, si es beneficioso o no, y si debe fiarse uno de las intenciones de quien te ha pedido ese tiempo. Su rotundidad me acojona, aunque en realidad no me dice nada que yo no sospechara. "Los tiempos en la pareja, por norma general, no sirven de nada", me dice. Aunque estoy asistiendo a mis propias palabras dichas de su boca, escucho con suma atención el ejemplo que me pone para ilustrar de algún modo tan contundente aseveración, que yo les transcribo aquí a mi modo. Imaginen por un momento que ustedes tienen una empresa, una empresa que da problemas, que genera más pérdidas que ganancias, cuyos beneficios son dudosos o no todo lo satisfactorios que debieran ser... ¿Mandarían ustedes a su equipo de trabajo a tomarse unas vacaciones, esperando que los problemas se solucionen por sí solos, o confeccionarían una estrategia de trabajo en equipo que genere opciones para salvar la nave? De todos modos, yo necesito aún autoengañarme un poco más, así que le pregunto: "¿Y no hay ningún caso en que darse un tiempo en la pareja pueda funcionar?" Me responde que sí, que algunos casos hay, muy pocos, pero para eso hay que establecer unas reglas en el tiempo que se pide y se concede: la primera es establecer un límite concreto de tiempo; la segunda, que durante el mismo hay que guardarse respeto y no debe haber interacciones sexuales con otras personas; la tercera, que en ese trance no se debe hablar mucho con la persona que ha solicitado ese tiempo, para darle oportunidad a echarte de menos. No establecer estas reglas puede ocasionar desconfianza, y generan dudas acerca de si, en realidad, la persona que solicita el tiempo no estará queriendo huir, tratando de minimizar el dolor del abandonado (aunque ocasionándole uno mayor aún, al alimentar sus falsas esperanzas y no permitirle pasar página) o si habrá otra relación clandestina de por medio. Eso dice ella, lo cual suscribo, y además añado que el tiempo en una ruptura ya viene implícito; debe pasarse el duelo, y reflexionar y meditar mucho ante los errores propios y ajenos durante el mismo, y ya luego la vida decidirá si esas dos personas que se alejaron volverá a ponerlos en el mismo camino.

Sólo espero que esta melosa entrada le haya servido a alguien de algo, y que aquellos que entraron aquí buscando únicamente literatura no se hayan visto decepcionados por tanto exhibicionismo. Como broche final, les dejo un fragmento de un texto de Séneca que he tomado prestado del magnífico blog http://www.elinfiernodebarbusse.com/2015/05/la-resta-inadvertida.html#comment-form, y el enlace al mismo para que disfruten de una bitácora esplendida, esta sí, donde se habla como en ningún lado de literatura. Disculpen la tristeza.

«Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada. [...]

[...] Nadie te restituirá esos años, nadie de nuevo te devolverá tu propia persona. Irá por donde antes solía la vida, sin echar atrás o retener su carrera; no armará jaleo ninguno, no te dará aviso ninguno de su velocidad: se deslizará callada. Ella no llegará más lejos por mandato de rey ni por aprobación del pueblo: tal como la dejaron salir el primer día habrá de correr, nunca hará etapa, nunca se entretendrá. ¿Qué pasará? Tú estás atareado, la vida se apresura; llegará entretanto la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.»


miércoles, 22 de octubre de 2014

"Muerte de un superhéroe", de Anthony McCarten




Ha sido mayúscula la grata sorpresa que me he llevado al leer Muerte de un superhéroe, del escritor, dramaturgo y director de cine Anthony McCarten, nacido en 1961 al pie del monte Taranaki, un volcán cercano a la ciudad neozelandesa de New Plymouth. Adquirí su novela (que ya tiene película, aunque no sé si se estrenará o ya se ha estrenado en España, tan poco cinéfilo como soy) movido por la pasión que siento hacia el cómic -leerlo y dibujarlo, esto último a nivel de simple aficionado-, sobre todo el de superhéroes; nada más leer la sinopsis de la contraportada, supe enseguida que esta historia no me aburriría. Con lo que no contaba era con la inteligencia emocional que desbordan sus páginas, con el realismo de sus personajes y el acertado estilo utilizado por su autor, en clave de -no podía ser de otra manera- guión de tebeo. Probablemente, Muerte de un superhéroe sea la novela más original y emotiva que haya podido leer este año, más recomendable como lectura para los chavales que el Lazarillo de Tormes (con todo mi respeto a esa obra) y como reclamo de nuevos adeptos al buen hábito de la lectura, pero también indicada para esos adultos que nunca olvidaron ser jóvenes, que alguna vez se sintieron desplazados o incomprendidos y que se refugiaron en el dinamismo y en las explosiones de color de las viñetas de un buen cómic.

Supone un gran mérito escribir una historia que, al mismo tiempo que te está rompiendo el corazón, también te está matando de risa. Y es que a veces las situaciones más trágicas de esta vida ocurren con no pocos tintes de comedia. McCarten abre esclusas a la temática de la privación de la adolescencia, pariendo un relato que, aun gozando de todos los elementos que podemos encontrar en cualquier novela de iniciación, se sale de la norma en este tipo de historias. Cualquier persona que leyera al azar unas pocas páginas podría creer que estamos ante uno de esos autores que tratan de ingresar en el Olimpo de los escritores bajo la manoseada etiqueta de "transgresores", sin que su lenguaje soez y su prosa deliberadamente provocativa sea rasgo de ningún talento. Sin embargo, en esta novela estos recursos son muy efectivos, y lo son porque la historia es sólida y su propósito profundo como pocos: mientras otras novelas de iniciación nos muestran a adolescentes que se niegan a crecer y no quieren formar parte del mundo adulto, en Muerte de un superhéroe ocurre justo al contrario. La madurez a veces no está reñida con la pubertad, y alguien escribió alguna vez  -cito de memoria, así que pueden ahorrarse las delaciones- que un adulto nunca vuelve a tener la misma seriedad que tiene un niño cuando juega.

El estado natural de Donald Delpe, muchacho de catorce años que se muere de leucemia, es la furia. Está obsesionado con la idea de que morirá antes de poder probar el sexo, pero esa inquietud es sólo un vago reflejo de todas las cosas que no podrá hacer en el futuro, porque el cortocircuito en su organismo que espera de manera inminente no le permitirá crecer, no le permitirá casarse, ni tener hijos, ni hipoteca, ni envejecer. En definitiva, y en contraposición al protagonista de El guardián entre el centeno, no podrá madurar. Como lenitivos, Delpe escucha música a todo volumen en su ipod, fuma la marihuana que le roba a su hermano mayor y dibuja compulsivamente la novela gráfica de un superhéroe muy peculiar, Miracle Man, un tipo que tiene la desgracia de ser invulnerable y no morir nunca, además de su engorroso problema de aerofagia, el cual le impide estar con alguna chica sin que se le escapen pedos. Cuando el chaval prefiere tratar de suicidarse antes que morir poco a poco, sus padres le ponen en manos de Adrian King, un psicólogo muy profesional con una vida deprimente, que vive entregado a los caprichos y las infidelidades de la bruja de su esposa. King ve en los dibujos de Delpe un claro reflejo de lo que el chaval está pasando, y a espaldas de la planta de oncología en la que trabaja asistiendo a moribundos que se niegan a morir decide pagarle al joven dibujante una prostituta de lujo. Contra todo pronóstico, Donald Delpe les dará a todos una lección de madurez, caballerosidad y buena educación, y además será él quien ayude a su psicólogo a salir de la relación de dependencia que tiene con la mujer que no le ama. Aprenderán el uno del otro, en un canto de amistad que será difícil que no le saque alguna lagrimilla a cualquier lector mínimamente sensible.

No puedo sino reafirmarme en lo escrito un poco más arriba: estamos ante una novela que les hará llorar mientras les parte de la risa. Profunda, muy profunda y aleccionadora. Por lo que a mí respecta, pueden irle dando por culo a Daniel el Mochuelo y a Holden Caufield; Donald Delpe es más real, más maduro, más íntegro y, en definitiva, más actual. Ha muerto un superhéroe, y el mundo debería rendirle honores.


Título: Muerte de un superhéroe

Autor: Anthony McCarten

Editorial: Suma de letras

ISBN: 978-84-8365-043-1

Nº de páginas: 316